Silla vacía

Uno de los más preclaros humanistas potosinos del siglo XX fue Joaquín Antonio Peñalosa. A semejanza de aquellos sacerdotes de los siglos XVIII y XIX que supieron alternar su ministerio religioso con la pasión por la literatura, dejó tras de él una buena cantidad de títulos destacando entre sus temáticas predilectas el rescate de valiosos textos desconocidos; análisis e interpretación de poetas latinos y castellanos de diferentes periodos históricos; el rescate de la poesía guadalupana desde su surgimiento hasta el siglo XX; estudios sobre poetas clásicos grecolatinos; biografías de diversos escritores mexicanos entre los que destacan sor Juana Inés de la Cruz y Francisco González Bocanegra.

Creo, sin embargo, que a pesar de la gran cantidad de estudios profundos logrados en las vertientes señaladas, las obras que alcanzaron el número más alto de lectores y de ediciones, fueron aquellas en las que abordó el humor mexicano salpicándolo con anécdotas y consejas de corte religioso, surgieron así Cien mexicanos y Dios, Humor con agua bendita; Más humor con menos agua bendita, El mexicano y los siete pecados capitales, y Vida, pasión y muerte del mexicano, por mencionar algunas.

Otro de los bloques dentro de la obra de Peñalosa, lo integran una serie de ensayos de corte sociológico moralista, en los que se centra en la problemática social del momento, a partir de la visión del sacerdote católico. Entre éstos destacaron Museo de cera, El ángel y el prostíbulo, Manual de la imperfecta homilía, Elogio de la silla.

En esta última obra aborda algunos valores morales y su estado en el entorno temporal de la década de los setenta. Sacerdote al fin, se centra en la eterna lucha entre los pecados capitales como enemigos del alma, contra las virtudes que la divinidad otorgaba al ser humano en medio de su libre albedrío. La cosa no acaba allí, pero los valores sí (o al menos un poco), porque según la pícara pluma peñalosiana, el hombre como ser social fue domesticado –a la par que también los domesticaba– a los propios pecados.

Así, partiendo de la vieja premisa: si no puedes con el enemigo únetele, el hombre pudo convertir el vicio en virtud, alcanzado sentencias formidables como aquella que refiere que la única arma capaz de vencer a la lujuria, será la ancianidad, según reflexión del gran teólogo Agustín de Hipona: Señor, hazme casto, pero hasta que me haga viejo.

Hoy, desde luego la aguda critica de Peñalosa, centraría su atención en nuevas tipologías sociales, en nuevas formas de permisiva subsistencia política; en otros lenguajes cuyos mensajes valen ser analizados; en una silla vacía.

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El debate entre candidatos a la alcaldía capitalina organizado el día de ayer por el CEEPAC, tuvo como gran ausente a Ricardo Gallardo, alcalde con licencia de la capital potosina, y –para muchos– el contendiente más fuerte a este cargo. Era previsible que esto ocurriera.

Mientras para uno de los contendientes, el debate y el adecuado –o inadecuado, según el caso– manejo de la retórica, han formado parte de su formación estudiantil y como activista político, para otro ha sido herramienta en su reciente incursión política en los escaños parlamentarios, para el actual alcalde, no forma parte de su forma de ser, de su manera de actuar. Impone, ordena, deja de lado el razonamiento y premia sobre éste, la imposición de su voluntad totalitaria.

Pretender que Gallardo hubiera aceptado acudir al debate, sería considerar que ha decidido modificar su forma de hacer política, y optó por un cuidadoso manejo del lenguaje verbal y corporal, detalles que en definitiva no forman parte de su manera de ser. Recordemos que en diversas ocasiones, sean en actos oficiales o a cuestionamientos expresos de comunicadores, ha perdido la compostura y confrontado agresivamente a sus críticos.

No son desde luego detalles menores, ni pasados por alto por su grupo de asesores más cercanos, pero es fácil suponer, que ninguno se atrevería a considerar dentro de sus atribuciones un mínimo consejo que implicara cuestionar las formas y maneras del señor.

En otras palabras, mientras para algunos políticos, sus poco pulidas formas de expresarse y conducirse, ha sido un atractivo entre sus votantes, las de don Ricardo constituyen una de las más grandes afrentas a una buena cantidad de sus electores. Y no porque el potosino común, y aún el no tan corriente, sea cuidadoso en formas, sino porque amantes como somos de rebuscamientos, de falsas y engoladas frases, y tan dados a hipócritas apuñalamientos esquineros, propios de embozados que atacan por la espalda y en lo obscuro, no estamos acostumbrados a la confrontación directa.

Así afloran su autoritarismo y su incapacidad para razonar frente a aquellos que superiores en el manejo del lenguaje y el cuidado de las formas, lo pueden confrontar, confundir, y hacer evidente su incapacidad para el diálogo. No es en definitiva un López Obrador, que gracias a los retruécanos del leguaje puede volver a su favor un filo que momentos antes le hubiera resultado lesivo. Gallardo ejerce la violencia verbal mediante una argumentación no razonada.

Lejos de hacer una virtud de sus dislates, Gallardo no sabe salir de ellos, porque –como ya señalé– la confrontación razonada no es propia de un hombre acostumbrado a imponer ideas, personajes, estilos personales. Ése, que hasta ahora ha sido su éxito, el de la imposición, es también el que está haciendo evidente su decadencia.

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Al inicio de las campañas electorales, nadie tenía duda (o quizá muy pocos) de que Gallardo podría obtener la reelección sin mayores obstáculos, por un lado se enfrentaba a un muy desacreditado y oportunista junior potosino; por otro, a un endeble notario con cierta trayectoria en el activismo político; y también a una deslucida candidata de relleno, que más que otra cosa, había sido inscrita dentro de un procedimiento de formas de su partido.

Hoy vemos a ese junior un fortalecido por una deslumbrante legión de ideólogos extranjeros entre los que hemos visto desfilar a Javier Sicilia, a un acomodaticio Emilio Álvarez-Icaza, y a un refulgente gobernador de Chihuahua; poco o nada importante de por acá, sin embargo –más que su poco convincente lenguaje– el hartazgo social al gallardismo lo hace avanzar. El caso del notario pudiera ser más sorprendente; es el empuje impresionante de López Obrador el que lo posiciona de una manera bastante seria frente a sus oponentes.

Pensemos en una escena cuasi bíblica, en la que durante su cierre de campaña en esta ciudad, Andrés Manuel frente a sus votantes sentenciara: este es mi hijo muy amado, en él pongo la esperanza de San Luis. No es necesario abundar más, el resultado es obvio.

El mensaje de la silla vacía es obvio, aunque también es posible otro mensaje interpretativo: no debato, frente a lo que ya no es de mi interés, porque lo veo perdido.

Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social; disfrútenlo pero no se excedan.