Sin rendir cuentas

Vamos mejor y tenemos rumbo, porque ese rumbo lo marca 

el pueblo, que es nuestro camino 

y es nuestro destino”. 

Claudia Sheinbaum, 

segundo informe

Los informes de gobierno empezaron como ejercicios de rendición de cuentas, no de alabanza. El primer antecedente de nuestra tradición lo creó la Constitución de Cádiz de 1812, que determinó que el “Rey sin guardia” entrará “en la sala de las Cortes” para ofrecer “un discurso en el que propondrá a las Cortes lo que crea conveniente”. 

Tras la independencia, el emperador Iturbide presentó dos informes, en noviembre de 1822 y marzo de 1823. La Constitución de 1824 dispuso que el 1ro de enero de cada año se reuniría el Congreso ante el cual el presidente “pronunciará un discurso análogo a este acto tan importante”. El 1ro de enero de 1825 Guadalupe Victoria, primer presidente de México, presentó el primero de cuatro informes. 

Con el tiempo los informes dejaran de ser mecanismos de rendición de cuentas y se convirtieron en instrumentos de culto al gobernante. En el siglo XX se alcanzaron francos niveles de servilismo. En 1988 empezamos a ver interpelaciones, antes muy raras, y la confrontación política llegó al grado de que en 2006 los legisladores de izquierda no permitieron el ingreso de Vicente Fox al Palacio Legislativo para cumplir con el ordenamiento constitucional. Felipe Calderón acudió en 2007 y entregó un informe escrito, pero no se le permitió leer un mensaje al pleno. Ahora vemos a una presidenta que manda un informe escrito mientras lee su discurso ante un público de apenas 300 funcionarios y simpatizantes que todo aplauden. Ya no hay rendición de cuentas. 

La presidenta compitió ayer en triunfalismo con los peores ejemplos de nuestra historia, como Luis Echeverría y José López Portillo, quien llamaba a los mexicanos a aprender a administrar la abundancia. Sheinbaum habló de un país en el que todo marcha bien, donde “se gobierna con honestidad”, en el que “hemos cuidado cada peso”, en el que se han realizado “475 conferencias Mañaneras” no para atacar a rivales y difundir propaganda sino “como un ejercicio permanente de información, diálogo, debate y derecho de réplica”; un país en el que “se establecen mecanismos para garantizar el derecho de las audiencias”, no para censurar. 

“Después de 36 años de empobrecimiento y aumento de las desigualdades, desde 2019 las y los trabajadores viven una primavera laboral”. La economía crece, los trabajadores ganan más, la educación se extiende, la salud mejora, la inflación está bajo control, la corrupción ya no existe, la gasolina no sube y la soberanía se fortalece. 

La autocrítica se tomó ayer unas vacaciones. Mientras los mercados dan a los bonos de Petróleos Mexicanos tratamiento de “basura”, la presidenta dice que ha rescatado a Pemex y la CFE. “Redujimos la deuda de Pemex en 20 mil millones de pesos”, declaró, pero olvidó que su gobierno ha entregado 519 mil millones de pesos, más de 30 mil millones de dólares, a la petrolera solo en aportaciones de capital. Para el final del sexenio prometió que “se habrán incorporado 32 mi megawatts [megavatios en español] adicionales al sistema interconectado nacional”, pero omitió que este 31 de agosto un apagón dejó sin electricidad a la península de Yucatán y a Chiapas. 

El crimen organizado agobia al país, pero la presidenta no mencionó a los 10 de Sinaloa requeridos por Estados Unidos. No pronunció la palabra corrupción, a pesar de la multiplicación de casos. Dijo que “solo con honestidad se dan verdaderamente resultados”. Olvidó que a su alrededor está proliferando una casta política que se enriquece al amparo de los cargos públicos. 

Apagón

AMLO y Bartlett prometieron que ya no habría apagones, pero estos se siguen sucediendo. Antes decían que era por quemas de pastizales o por el uso de energías renovables. Ayer la CFE culpó a “actos de vandalismo”, como si fuera tan fácil treparse a una torre de alta tensión y alterar los aisladores. 

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