Actualmente hay más periodistas en México que en cualquier otro momento de su historia. La semana pasada, en la Ciudad de México, era imposible caminar sin toparse con ellos. Resultaba difícil imaginar un medio de comunicación global que no tuviera algún tipo de representación física en la capital. Y no estaban allí solo para vivir la experiencia del Mundial, cubriendo las principales noticias previas a la inauguración y el partido inaugural, sino que también buscaban desesperadamente lo insólito, aquello que nadie más cubría.
Para muchos de ellos, era su primera vez en México, por lo que sus puntos de referencia eran limitados. Evidentemente, pocos habían experimentado el fenómeno cultural más común de la Ciudad de México: las manifestaciones masivas que paralizan la ciudad. Aún más sorprendente para ellos fue el segundo fenómeno más común de la capital: cómo, en respuesta, decenas de miles de policías antidisturbios entran en la ciudad para controlar estas manifestaciones.
Para muchos periodistas, esta fue una experiencia totalmente nueva y distópica, algo que no esperaban. En varias ocasiones, tuve que explicar que no había nada de qué preocuparse, que todo esto era muy común y que se trataba de una dinámica normal entre las autoridades y los manifestantes. El expresidente Andrés Manuel López Obrador, les expliqué, también fue una de las figuras clave en algunos de los cierres más prolongados de la ciudad en la generación anterior. Lo que sí era diferente en este momento, por supuesto, era el contexto: se trataba del inicio del Mundial, el principal torneo deportivo internacional del mundo, y todas las miradas — a través de sus reporteros — estaban puestas en México, y en particular en la Ciudad de México.
Si en otras ocasiones el gobierno podía permitirse el lujo de actuar con cautela, en esta ocasión no tenía el lujo de cometer errores. Desde esa perspectiva salió el inusual perímetro sellado de un kilómetro alrededor del Estadio Azteca, con el enorme operativo policial que ello conllevó. ¿Acaso la Ciudad de México ha presenciado alguna vez una operación de tal magnitud? Salvo en casos excepcionales como los terremotos de 1985 y 2017, es improbable. Y no se trataba solo del Estado Azteca; toda la zona alrededor del Zócalo — supuestamente planeada para albergar el mayor Fan Fest de la historia — estaba sellada en un laberinto de puntos de acceso imposibles y sin señalización. Era casi imposible entrar, y una vez dentro, parecía completamente imposible salir.
Pero ese día, casi todos los periodistas tenían la mirada puesta en una sola cosa: uno de los estadios más emblemáticos del mundo, el Estadio Azteca. Para muchos, estar allí era una experiencia casi mística, o religiosa, y perdí la cuenta de cuántos me dijeron que ese era el lugar donde debía celebrarse la final, en un país con una auténtica tradición futbolística, en un estadio lleno de memorias y testigo de algunos de los momentos más increíbles en la historia del fútbol. Muchos de ellos eran periodistas experimentados, pero para mí fue como si más de uno de ellos se hubiera convertido en un adolescente de nuevo, enamorado por primera vez.
A partir de ahí, tras un partido en el que México hizo lo que la nación y el Mundial necesitaban para marcar, al menos parcialmente, un punto de inflexión con la política que había empobrecido la preparación del torneo, estos periodistas se han dispersado por diferentes partes de México para continuar su búsqueda de historias. Como co-anfitrión y con partidos limitados, el intervalo entre estos partidos les brinda a estos reporteros un respiro excepcional para hacerlo. En Mundiales anteriores, los partidos se sucedían rápidamente, con poco espacio para centrarse en otra cosa, mientras que ahora México tiene la oportunidad de representación — para bien o para mal — en las páginas de los medios de comunicación de todo el mundo. Casi con seguridad, algunos de ellos pasarán por San Luis Potosí estos días, quizás de camino a Monterrey para la siguiente ronda de partidos, o tal vez simplemente porque han oído hablar de la riqueza cultural e histórica de la ciudad. Sea cual sea el motivo, esperenlos allí, porque si actualmente hay más reporteros en el país que en cualquier otro momento de la historia, pueden estar seguros de que un buen número de ellos terminará recorriendo las calles de la capital Potosina en busca de historias. Changos — que vean lo mejor de estas tierras, y así lo hablen.