La solicitud de detención con fines de extradición, por parte del gobierno estadounidense, del entonces gobernador en funciones de Sinaloa y nueve coacusados, mantiene como uno de los ejes de la discusión pública el denso concepto de soberanía nacional, que a fuerza de ventilarse desde diversos ángulos ha generado concepciones novedosas o poco difundidas. Hoy me hago eco de una de ellas.
Se trata de la llamada Soberanía Efectiva, que le escuché a la analista Lisa Sánchez hace una semana, durante el programa televisivo de opinión que conduce Leo Zuckermann. Lisa, quien actualmente es la directora general de la organización México Unido Contra la Delincuencia, es una de las comentaristas más talentosas y preparadas que participan en ese tipo de espacios. Quienes se interesen en profundizar el conocimiento académico de la materia, encontrarán en Internet numerosas páginas y documentación para hacerlo.
Hoy, en este espacio, lo que nos interesa es detenernos un poco en el planteamiento de Lisa, porque engancha oportuna y certeramente con la conversación nacional que ha convertido la soberanía en uno de sus temas centrales.
Lo que ella dice es que la Soberanía Efectiva supone, entre otras muchas cosas, un Estado que tenga suficiente presencia y cree condiciones para que ante un hecho delictivo el ciudadano, víctima o testigo, no tenga miedo de denunciarlo.
Esta es solo una pequeña rendija por la cual observar el fenómeno, pero de inmediato, sin mayores cavilaciones, viene a la mente que en México hay enormes territorios, con millones de pobladores, que lo que menos quieren en su vida es ir a denunciar a los delincuentes, porque eso equivale a firmar su propia sentencia de muerte. Sin ninguna exageración.
Durante su participación en el programa La Hora de Opinar del miércoles antepasado, Lisa Sánchez recurrió a un caso concreto que ilustra mejor cómo nuestro país ha perdido grandes porciones de su soberanía por factores internos, más que externos. Citó una extensa entrevista que días antes la periodista Denise Maerker le hizo a Adrián López Ortiz, director general del periódico Noroeste que se edita en Culiacán.
Dijo el entrevistado que llegó un momento, hasta no hace mucho, en que en la capital de Sinaloa operaba un sistema de vigilancia compuesto por más de dos mil cámaras de video instaladas en las calles por los criminales. Es decir, los habitantes de esa urbe de un millón de habitantes eran vigilados y controlados por el crimen organizado. Lisa hizo una acotación: es imposible montar un aparato de monitoreo de esas proporciones sin, por lo menos “la aquiescencia del Estado” (así con mayúscula, que subsume todos los niveles de gobierno y el entramado institucional que los sustenta).
En ese mismo diálogo con Denise, el periodista sinaloense detalló cómo durante los casi cinco años del gobierno de Rubén Rocha Moya, los sistemas de agua potable de las principales ciudades de aquella entidad -Culiacán, Mazatlán y Guamuchil- eran operados por el Cártel de Sinaloa, con ganancias de cientos de millones de pesos anuales. Difícil encontrar un ejemplo más gráfico y contundente de la captura de un gobierno estatal y varios municipales por parte del crimen organizado.
Si nos ajustamos al caso sinaloense, queda claro que ahí embona perfectamente la caracterización de un estado huérfano de soberanía, efectiva o con cualquier otro adjetivo. Sobre todo, si traemos a la mesa el hecho inocultable de que fueron los criminales y no los ciudadanos ni los partidos políticos quienes decidieron quién gobernarían esa entidad.
Esto nos lleva ineludiblemente a otros ríos que conducen al mismo océano. ¿Qué tan soberano puede decirse un país en donde millones y millones de sus habitantes -quizá una porción mayoritaria- han tenido que someterse a circunstancias enojosas como no poder viajar por carretera durante la noche? ¿Qué tan soberano es un país cuyas carreteras son dominio de bandidos en cuanto oscurece?
Los avances del crimen condujeron a situaciones que al paso de los años fuimos normalizando; es decir, las fuimos aceptando como normales, habituales y aceptables. Es el caso, en muchas ciudades del país, de no salir por las noches a simplemente cenar fuera de casa. En ciudades grandes donde no está generalizada esa regla, aplica en amplios sectores.
Hace un par de años, un amigo tuvo necesidad de viajar a Fresnillo, en Zacatecas, para atender asuntos de trabajo. Al registrarse en el hotel hacía el mediodía, el recepcionista le sugirió muy atentamente que ajustara su agenda para que estuviera de regreso antes de las seis de la tarde, porque después de esa hora la calle era “de los malos”.
Permítanme ahora acudir a la imaginación. A la imaginación, no a la fantasía. Por las razones que sea nuestras autoridades deciden no detener y menos extraditar a Rocha Moya y compinches. En razón de ello, viene a tratar de llevárselo un comando norteamericano. Para frenarlo, nuestros mandos militares envían un batallón. Por lo menos uno de los jóvenes soldados irá al enfrentamiento pensando “Voy a que muy probablemente me maten, ¡y todo por un pinche narcopolítico!”
Tengo para mí que llegado el momento el gobierno de la presidenta Sheinbaum aprehenderá a Rocha Moya y pandilla. No estoy seguro de que lo extradite; quizá opte por enjuiciarlo aquí, mediante un punto de entendimiento con los vecinos del norte.
Por ahora, de lo que se trató esta colaboración fue de explorar un poco de qué estamos hablando cuando hablamos de atentados contra nuestra Soberanía Nacional. ¿De los internos o de los externos? Y más complicadamente, ¿a cuál soberanía precisamente nos estamos refiriendo?
MALES DE ORIGEN
El Movimiento de Regeneración Nacional, mejor conocido como Morena, carga en su ADN con varios males congénitos, o con varios genes perniciosos, que si no son atendidos pueden ser motivo de grandes dolores de cabeza, de esos muy duros que causan las derrotas que pudieron evitarse.
Quizá el más notable y de mayor peso específico -y eventualmente el más costoso- sea el del rechazo instintivo, intuitivo, espontáneo, a la disciplina. A la disciplina partidista, me refiero. A la que prevalece en mayor o menor medida, con mayor o menor eficacia, en todos los partidos políticos que en el mundo hay.
A lo largo del tiempo, en mis conversaciones con morenistas de diferentes etapas, calibres y alcances, me llamó siempre la atención que había un tema que invariablemente les incomodaba: el de la, según yo, necesaria y útil disciplina partidista.
En muchas de esas conversaciones, siempre individuales porque los guindas tampoco son muy dados a socializar en público, utilizaba yo el argumento de que la disciplina es una necesidad no un lujo superfluo.
Incluso desarrollé un planteamiento, que va más o menos así: La política, en su vertiente electoral, está plagada de términos militares. Campaña es uno de ellos. En una de sus acepciones se refiere a un conjunto de batallas en un área geográfica determinada y durante un cierto plazo. Lo mismo ocurre con el término Contienda, utilizado para la competencia por el voto ciudadano. Y qué decir de expresiones como Estrategia, Movilización y Militantes.
Nunca tuve mucho éxito que digamos. Siempre encontré al final de las conversaciones que, salvo contadísimas excepciones, entre los militantes de Morena, sobre todo entre los más jóvenes, hay una aversión natural al concepto de disciplina. La entienden más bien en el sentido de obediencia o sometimiento.
No se trata de un rechazo racionalizado; no hay intelectualización de la conducta. Se trata de una reacción instintiva, de un rechazo espontáneo que viene de las profundidades. Al paso del tiempo he llegado al convencimiento de que, por razones que aún no tengo claras, muchos morenistas asumen que la disciplina de partido es una conducta indigna, despreciable, contraria, sobre todo, a la libertad.
Conviene precisar que la repelencia a la disciplina se percibe sobre todo entre los llamados cuadros partidistas; es decir, entre quienes tienen formación y algún grado de responsabilidad partidistas.
Huelga añadir que si ese fenómeno conductual no se supera en el corto plazo, puede ser el origen de derrotas electorales perfectamente evitables con trabajo ordenado, sistematizado, bien planeado y, obviamente, disciplinado.
El tema se me impuso porque hace un par de días, queriendo confirmar algo, releí los estatutos de Morena, y me reencontré con la primera línea de su proemio. Dice: “MORENA es un partido político de hombres y mujeres libres…”. Obvio, hay en esas filas muchos que piensan que ser disciplinados es dejar de ser libres. Serio error.
COMPRIMIDOS
No se acaban las contradicciones. Ricardo Gallardo Cardona ha estado estos años en los primeros lugares de aprobación entre los gobernadores de todo el país. Buen rato ocupó el primer sitial y rara vez sale de los primeros cinco. Con esa apabullante calificación, que supone aprobación de sus gobernados, es muy difícil de entender lo que ayer nos recordó el Tribunal Estatal Electoral: que desde que asumió el cargo el mandatario potosino se las ha arreglado para no promover ni permitir la legislación relativa a la revocación de mandato. ¿Cómo conciliar tanta popularidad y tanto miedo a las urnas?
Desde luego que puede haber un contrato legal y pagos por montos elevados que no se han dado a conocer, porque si el verde gallardismo se aventó la puntada de mandar hacer por su cuenta y riesgo miles de playeras de la selección nacional de futbol, todas con el número 27 (en clara alusión al año próximo de elecciones) en el pecho, y un escudo con un tucán en el sitio donde debe ir el oficial, pues qué calzones. Si la FIFA y la FEMEXFUT se le vienen encima, la puntada les va a costar muchos millones. Lo bueno es que andamos sobrados, como pueden dar fe los jubilados, los contratistas, los proveedores, el SAT y etcétera, etcétera.
Habrá quienes hasta porras le echen, pero se siente muy desafortunado que para sus primeros posicionamientos públicos la flamante presidenta de Morena, doña Ariadna Montiel Reyes, haya escogido el personaje de peleonera, rijosa, amenazante y demás. Se entiende que en los difíciles días que vive el gobierno federal con el caso Rocha Moya le resulte conveniente relanzar el pleito con la gobernadora panista de Chihuahua, pero la embestida podía haberla protagonizado otro liderazgo guinda y no la debutante que llegó con perfil de buena administradora y gran organizadora. Cada quien.
Hasta el próximo jueves.