Voy a decir algo que tal vez sorprenda a los seguidores del señor López: es un ser humano, pese a lo que él mismo y sus fieles digan en contrario.
En efecto, aunque haya quien le dispense trato de divinidad, se trata de un ser del dominio eukaryota; reino animalia; subreino eumetazoa; bilateria; superfilo deuterostomia; filo chordata craniata; subfilo vertebrata; infrafilo gnathostomata; superclase tetrapoda; clase mammalia; subclase theria; infraclase placentalia; superorden euarchontoglires; granorden euarchonta; orden primates; suborden haplorrhini; infraorden simiiformes; parvorden catarrhini; superfamilia hominoidea; familia hominidae; subfamilia homininae; tribu hominini; subtribu hominina; género homo; especie h. sapiens.
Es decir, es un ser humano como usted y como yo, acorde la clasificación taxonómica de los biólogos. Ni más, ni menos.
Aun y cuando en Ciudad Valles el señor López reivindicó su derecho humano al descanso y a dormir, frente a manifestantes gritones o bien cuando de vez en vez se deja ver en compañía de su esposa, luciendo mirada de enamorado decimonónico, lo cierto es que su conducta cotidiana da la idea de que ese tipo de chispazos de terrenidad son las excepciones.
Auto colocado en la superioridad moral de la trasformación de cuarta, López se comporta como dueño de almas y haciendas, señalando, etiquetando, vilipendiando y apuntando con índice flamígero (“dedito” según López a quien, en ocasiones ha delegado expresiones políticas de trascendencia, “lo que diga mi dedito”, López dixit) como enemigos a quienes no son acordes con él y sus ensoñaciones.
Es, dicho de manera pura y dura, un adalid de la vanidad.
Definida la soberbia por el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros; la satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás, es, sin duda, el más capital de los pecados capitales. Al respecto, Santo Tomás de Aquino escribió en su Suma Teológica que “Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal.”; más adelante, en esa misma obra, dice Santo Tomás: “Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.”. Por eso Mefistófeles, dirigiéndose a Fausto, en la magnífica obra de Goethe del mismo nombre, refiere que el hombre: “… ese pequeño mundo de orgullo y de locura, se cree, por lo regular, ser un todo”.
Así, podemos entonces comprender que López, humano al fin, es proclive a la soberbia, al ser consustancial a la naturaleza humana tender a este tipo de conductas. Vamos, que su misma soberbia pone de relieve su humanidad.
Sin embargo, cuando es la soberbia el principal rasgo del gobernante, la dictadura asoma sin recato; cuando se desdeña al opositor o al divergente, basado en la preeminencia asumida de unos por encima de otros, no hay democracia, sino arbitrariedad.
Falacias, erratas, exageraciones, mentiras a medias y medias verdades, el “yo tengo otros datos” y aquello de “antes como el gobernante no tenía autoridad moral (...) cualquier periodista lo ninguneaba y no podía responder porque le sacaban sus trapitos. Yo tengo autoridad moral, por eso cuando estoy viendo que hay una actitud tendenciosa de la prensa respondo”, son ahora nuestra cotidianidad presidencial.
Rodeado de cantos de sirenas, de corifeos y ¿por qué no?, vivales que se aprovechan de su vanidad, López se ciega y aísla, poniendo en riesgo al país, cada día más.
La soberbia requiere un pedestal y hoy, muchos luchan por ser ese basamento sobre el cual López pueda pararse. Ellos son también adalides, adalides de la indignidad.
Humanos, todos, finalmente.
@jchessal