Sobre cabritos

Verán ustedes: si algo tenía Álvaro Obregón, era una agudez política casi igual a su sentido del humor. Al sonorense le salía naturalito detectar la dirección de los vientos y podía olfatear a kilómetros de distancia cuando un aliado podría seguir siendo tal, o cuando había decidido cambiar de rumbo. Era atinado para pronosticar el desarrollo político  de los actores de la época y en el camino se divertía haciendo gala de un sarcasmo sutil que confundía a cualquiera, tanto que los destinatarios no sabían si agradecerle o sentirse ofendidos. 

Cuando Obregón era presidente, él y su esposa, María, se hicieron amigos del embajador de Argentina en nuestro país y de su mujer. Solían visitarse con frecuencia y se apreciaban mutuamente. Así, cuando al embajador le ordenaron volver a su país para tomar posteriormente un nuevo puesto en el extranjero, invitaron a los Obregón a comer con ellos y degustar juntos un asado de cabrito típico de aquel país del sur. El presidente estaba encantado con el platillo, y pedía y pedía plato tras plato sin empacho alguno. Los anfitriones, gustosos de haber complacido a su amigo, le ofrecieron que al llegar a Argentina le enviarían unos cabritos para que al llegar a México el chef de la embajada los cocinara a la usanza de las Pampas y se los llevara a Palacio Nacional. Obregón, sonriente y atinado, respondió: “-Pues mire embajador, muchas gracias. Pero usted me va a mandar cabritos, pero acá de seguro llegan cabrones, y de esos,  ya tengo muchos.-“

Entre broma y broma, Obregón tenía razón. Al simple paso del tiempo, aquellos que ahora parecen pequeños, pueden realizar el acto mágico de convertirse de cabritos, a… bueno, otras cosas.  Ahí tenemos el caso de Ernesto Zedillo, quien de no haber sido por el asesinato de Colosio, difícilmente hubiese llegado a ser presidente de México. La figura de Elba Esther Gordillo en algún momento todopoderosa en el gremio magisterial, también hubiese parecido improbable, cuando en la década de los setenta era una simple maestra chiapaneca mudándose a Nezahualcóyotl, en el Estado de México.  El expresidente, Pascual Ortiz Rubio fue un caso más o menos similar: el hombre no era popular, no tenía arraigo social y había hecho carrera diplomática, lo cual le había hecho pasar largas temporadas fuera del país, así que pocos lo conocían. Antes de la sucesión, ni siquiera él se contemplaba como candidato, sobre todo sabiendo que el principal contendiente era el carismático José Vasconcelos, quien era inteligente, con basta experiencia en el servicio público y gozaba de buena fama entre la población principalmente entre los jóvenes. Para colmo, era guapo. Sin embargo, quedito, quedito y como los cabritos de Argentina, Ortiz Rubio regresó a México cual picanha desde Brasil para ser candidato a la presidencia porque así lo habían consensado Portes Gil, su antecesor y el poderosísimo jefe del Maximato, Elías Calles.

A un año y meses de volver a entrar en ese remolino político en el que este país se mete cada seis años y habiendo ya aspirantes confirmados a contender por la silla del águila, debemos recordar que también ocho estados renovarán gobernadores y lo mismo sucederá en la Ciudad de México. Así, no debemos perder de vista que habrá actores tanto federales como locales, que hace seis años comenzaron en el corral siendo unos tiernos cabritos y que… bueno, ahora son otros. No debemos esperar entonces a tener escenarios con los mismos actores, sino que lo natural entre el ganado, es que haya quienes creerán haber alcanzado lo que se necesita para poder brincar las trancas y llevar fuera de los linderos sus propias aspiraciones. Y que dios nos agarre confesados.