Inicia 2022. Como todo comienzo de un nuevo ciclo, se suceden múltiples sentimientos, tanto personales como colectivos. La esperanza es uno de los más referidos y, desde luego, es entendible que así sea. Antonio Gramsci (destacado intelectual italiano, conocido por sus textos para la mejor comprensión de procesos hegemónicos y de consenso en las sociedades de un imperialismo capitalista en ascenso), en una carta de 1931, consignada en sus “Cuadernos y cartas desde la cárcel”, le cuenta a uno de sus hijos (que no conocía por estar en prisión) esta historia: “Un niño se queda dormido con un vaso de leche en el suelo. Un ratón se toma la leche, el niño se despierta y se pone a llorar. El ratón acude a la cabra y le pide más leche, pero la cabra no tiene porque necesita pasto. El ratón sale al campo, pero no hay pasto porque el campo está seco. Va entonces al pozo, pero no hay agua porque el pozo necesita reparación. Va con el albañil, pero éste no tiene el tipo de piedras que se requieren. Va luego a la montaña, pero la montaña está enojada porque ha perdido sus árboles por el saqueo. El ratón le dice a la montaña: ‘a cambio de tus piedras, el niño cuando crezca plantará pinos en tus laderas’. La montaña accede, el niño recupera su leche, cuando crece planta árboles y la tierra se vuelve fértil”.
Es el tiempo largo de la esperanza. Algo así como lo señalado por Ernst Bloch, en su clásico “El principio esperanza”, esto es, una paciente confianza de la humanidad, en sí misma, para superar los acontecimientos más traumáticos que se presentan en la vida. Una suerte de postulado, que sirve de orientación cuando parece que las salidas se cierran y todo se reduce a utopías, a cierto tipo de sueños que se despliegan de día para que no se conviertan en pesadillas. Aún en medio de un ambiente propicio para el pesimismo que se respiraba en la Europa de entreguerras, en el siglo pasado, el pensamiento de estos clásicos (a los que podría agregarse, entre otros, el de Walter Benjamin), es más que elocuente con respecto a la preocupación por la suerte de todos, pero más que nada de los más débiles, de los oprimidos. El pueblo como “bloque social de los oprimidos”, plantearía Gramsci, ampliando la visión de un cierto reduccionismo ideológico de un tipo de marxismo que no era el de Marx, por supuesto. Benjamin, por su parte, aún y con la visión trágica que le dejara el famoso “Angelus novus” de Paul Klee con respecto al “progreso” de una modernidad depredadora, resaltaría en una de sus “Tesis de Filosofía de la Historia” la capacidad de la humanidad para meter el freno a la locomotora de la historia.
En fin, lo que interesa destacar es que en este 2022 sea renovada la esperanza en un futuro mejor. Para eso se recibe con júbilo el inicio de año, con esperanza que puede ser una mezcla de espera con ansia, un compuesto que combina paciencia y prisa porque las cosas buenas se hagan realidad más pronto de lo que se pueda imaginar, porque la esperanza no sólo es sentimiento sino también razonabilidad de actuar lo mejor posible ante circunstancias y acontecimientos. Bienvenido, pues, 2022; la humanidad sigue su marcha.