Para Armando, Nacho y Alejandro, por la partida de Don Daniel.
Scott Fitzgerald entendió como pocos la complejidad humana. Jay Gatsby es el mejor ejemplo de cómo se puede ser el alma de la fiesta y a la vez, un profundo e insatisfecho solitario. Su vida, llena de poder y pompa, alberga a un ser enamorado hasta la sinrazón que puede precisamente por lo mismo, ser tremendamente despiadado. Fitzgerald lo resumió así: “Estaba adentro y afuera, a la vez encantado y repelido por la inagotable variedad de la vida”.
Ante la complejidad de estos seres que somos y para tratar de entendernos, solemos simplificar todo en dualidades. O somos buenos, o somos malos. Los niños buenos salen a recreo, los malos se quedan castigados en los salones. Empujar a los compañeros es malo y lo único que se gana, es ser mandados a la dirección. El comportamiento entonces, se simplifica como si se tratara de dos cajones separados de una misma cómoda: hay un cajón blanco y otro negro. Sin embargo, no basta mucho sin que notemos que el sistema tiene fallas. Empujar es malo, pero si se usa para defenderse quizá no lo sea tanto. La acción es exactamente la misma, pero empiezan los “asegunes” y nos damos cuenta de que en realidad, la vida está llena de tonos grisáceos.
Philip Zimbardo, el afamado psicólogo social, afirma que las conductas moralmente reprobables se ven influenciadas por el entorno y el comportamiento de una comunidad. Si los miembros de un grupo normalizan una acción que de inicio es calificada como mala, los nuevos miembros muy posiblemente acaben aceptándola e incluso justificándola. Así ocurrió en el experimento de la prisión de Stanford y también en el caso de tortura contra prisioneros iraquíes cometido por soldados estadounidenses de la cárcel de Abu Ghraib. Detrás de esto no hay otra cosa mas que la muy humana necesidad de sentirse aceptado por un grupo y mostrarse como parte de él. Entonces las dualidades se rompen, comentemos actos que pensamos nunca realizaríamos y vemos que el cajón blanco comienza a llenarse de manchas.
Dentro de Gatsby viven tanto el chico que era un don nadie, y el hombre poderoso al cual todos se le rendían. Y aun así, el que es hoy, añora el amor del pasado. No es que quiera revivir a aquel chico que fue. A ese lo desprecia por no ser nadie, pero al hombre en el cual se convirtió también lo repudia por no haber logrado tener a su lado a la mujer que ama, única victoria deseada. Si por él fuera, a ambos los mataba. En ese sentido, Gatsby no abraza al presente, añora un futuro que existe solo en su imaginación. Entonces, su conducta se vuelve siempre un conflicto de reproches morales y angustias. Gatsby quería el blanco en un mundo gris.
Estamos mal preparados para navegar en la neblina. Nos enseñan a caminar bajo el sol, o a vivir bajo la lluvia. Sabemos que venimos equipados con faros de niebla, aunque no sabemos bien a bien cómo prenderlos. Hay quien se ufana de vivir una vida de conductas intachables, cuando basta con rascar la superficie para encontrar acciones dignas de la crueldad de Atila. No siempre es hipocresía, sino más bien una profunda negación por el ser entero que somos.
Gatsby naufragó a su propia tormenta porque no la supo siquiera reconocer. El personaje entonces, es una advertencia: no somos enteramente blancos, ni completamente negros. Habitamos en los grises. Somos neblina.