“Hemos encontrado que la forma más fácil de controlar a la gente es a través del miedo y entre más miedo puedas infundir en la gente, más control puedes tener.
Arun Gandhi
Me pregunto cómo llegamos hasta aquí si habitamos en un planeta tan hermoso con la posibilidad de disfrutar y aprovechar nuestro tiempo de vida para pasarla de maravilla, aún cuando estemos sujetos a las enfermedades y a la misma muerte, tan inevitable hasta ahora.
Cómo llegamos a dañar y dañarnos, cómo llegamos a consumir chatarra a través de nuestros cinco sentidos, cómo no despertamos a la hipnosis de la propagada oficial, a la promoción de un esquema de vida social. Quizá la respuesta es, porque tenemos posibilidad de elegir, el famoso libre albedrío que aprendimos pero no integramos.
De otra manera la historia sería otra.
Se ha vuelto imposible abstraerse a la marea de la opinión pública o al acontecer cotidiano reportado por los medios y redes, con el parte regular de enfrentamientos, asesinatos, descuartizaciones, desapariciones, violaciones y toda la gama de delitos que se cometen en todos los ámbitos de nuestra coexistencia. No sólo la violencia física sino la deshumanización en todos los escenarios. El poder por el poder.
Veo con temor el enojo en la sociedad mexicana, la polarización alimentada por un discurso que no mide consecuencias o que las calcula con fines perfumados con la esencia de las frases atribuidas a Maquiavelo, como la que dice que “un hombre que piensa en la venganza mantiene sus heridas abiertas, que de otro modo habrían sanado y estarían mejor”.
Y al decir que no sé cómo llegamos a esto creo que hablo con cierta ingenuidad pues todos conocemos la historia de nuestra sociedad. Sabemos en dónde surge el agravio, en dónde se enraíza el resentimiento o la desconfianza; el miedo.
Este sentir me hizo detenerme en una nota publicada en El País, acerca de la presencia de Arun Gandhi, quinto nieto del líder pacifista indio en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, y que publicara, El don de la ira (Océano ámbar, 2018), una memoria y a la vez una reflexión sobre la capacidad humana de sobreponerse a sus impulsos y de resistir contra la violencia.
Según se lee, su autor “escribe de las lecciones que aprendió de su abuelo cuando era adolescente y se le unió para vivir en un ashram en India. Sus palabras cobran sentido en plena convulsión social y política en algunos lugares del mundo. El activista observa cómo en 2019 los líderes utilizan la ira y el odio para dividir. Comenta que “hemos encontrado que la forma más fácil de controlar a la gente es a través del miedo y entre más miedo puedas infundir en la gente, más control puedes tener. Hacemos esto con nuestros hijos, cada vez que los amenazamos con castigarlos si no se comportan, les estamos enseñando que la gente debe ser controlada con el miedo. Miedo al castigo, miedo al poder”.
El descendiente de Gandhi afirma la necesidad de advertir las señales expresadas de forma negativa y que son el preludio de un escenario violento: éstas van desde la discriminación hasta el mal uso y desperdicio de los recursos naturales Aconseja que “tenemos que enfocarnos – y cuidarnos- más en la violencia pasiva porque se ha convertido en la gasolina que enciende la violencia física. Si queremos eliminar la violencia física tenemos que cortar ese combustible que viene de cada uno de nosotros, tenemos que ser el cambio” añade.
Comenta además, que hemos creado una sociedad sospechosa que “siempre está desconfiando sin razón de las personas desconocidas y así, una cosa lleva a la otra y empezamos a odiar más rápido de lo que empezamos a amar”.
Cada día estamos más observados y señalados a la vez que hacemos lo propio desde nuestra visión y eso nos hemos ha transformado en una sociedad insegura, sospechosa, temerosa, a la defensiva y no creo que sean características que debamos conservar o aplaudir.
Ojalá la inteligencia brille en las mentes de quienes tienen el liderazgo y la posibilidad de influir con un discurso de paz coherente, creíble, real, de corazón, dejando las etiquetas y los apodos para las reuniones informales, lejos del micrófono de cada mañana. Trabajemos para construir en lugar de echar abajo. Apostemos por las personas y no por la suspicacia. La historia tiene demasiados ejemplos en los que el miedo, no es el camino para avanzar.