Sufre demérito

Mis cuatro lectores díganles a sus amigos: “Tener demasiado sexo provoca pérdida de la memoria”. Y añadan en seguida: “Disculpen. ¿Qué les estaba diciendo?”... El marciano le informó a su jefe: “Uno de nuestros platos voladores estalló en el cosmos, entrando a mano izquierda”. Preguntó el jefe: “¿Cuál plato fue?”. Respondió el marciano: “El UV 42”. Dijo el jefe: “Menos mal. No era de la vajilla fina”. La profesora les pidió a los niños: “Digan palabras terminadas en -ollo”. Juanito dijo: “Repollo”. “Rosita dijo: “Pimpollo”. Pepito dijo: “Espalda”. Según opinión general, López Obrador ha escrito más libros de los que ha leído. Su manera de hablar en las comparecencias mañaneras exhibía una lamentable inopia cultural. No sólo atentaba contra la Patria: atentaba también contra la gramática. Ahora amenaza con infligirnos otro libro. Su nombre será “Pueblo”, pero el pueblo no lo leerá. El pueblo no lee, y el alto costo de los libros los hace accesibles sólo para quien posee una pequeña fortuna. La palabra “pueblo” anda como calzón de prostituta, para arriba y para abajo, con perdón sea dicho. Pocos vocablos habrá en nuestro país tan desvirtuado como ése. Sobado y resobado, el término acabó por quedar horro de significación. Un momentito, por favor. Voy a ver qué es eso de “horro”. Significa “vacío”, “carente”, “falto”. Casi siempre la palabra se pronuncia aspirando la hache: “jorro”. Así es llamada la mula: jorra. A doña Matilde, mujer de armas tomar, una vecina le gritó: «¡Vieja mula!”. “¿Mula yo? -ripostó ella, encrespada-. Sepa usted, vieja pedorra, que he parido 14 veces”. Pero advierto que he tomado por caminos que no son los que emprendí al inicio. Vuelvo a ellos. En México la palabra “pueblo” es maniquea, o sea divisiva. Los americanos usan el vocablo people, que al mismo tiempo quiere decir “gente”. Abarca a todos los ciudadanos. Así lo entendió Lincoln en su célebre discurso en el cual habló de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Entre nosotros la palabra “pueblo” se refiere únicamente a los pobres. Desde ese punto de vista un empresario no pertenece al pueblo, como tampoco pertenecemos a él usted que lee estas líneas y yo que las escribo. De igual manera no forman parte del pueblo el mismísimo López Obrador y familia que lo acompaña, pues ciertamente no son unos pobres venaditos. De sobra está decir que no leeré el libro de AMLO. Desde ahora sé, por lo que deja ver el título, que será una sarta de lugares comunes demagógicos, de mentiras, ocultamientos y argumentaciones para tratar de limpiar algo su imagen. El cacique morenista, egocéntrico y megalómano como es, no se resigna a la sombra ni al silencio. Con este libro hace una vez más acto de presencia, si bien nunca lo ha hecho de ausencia. Una vez más dice: “Aquí estoy”, aunque eso perturbe el gobierno de quien lo sucedió en el cargo y sea recordatorio de quién la puso y quién esta tras ella. Vuelvo a decirlo: no leeré el libro de AMLO. No me gusta leer pornografía política. Un joven marido comentó: “Mi esposa ha cambiado mucho en un año de matrimonio. Ha cambiado mi modo de vestir, mi modo de hablar, mi modo de peinarme.”. (Y espera un poco. Te va a cambiar hasta el modito de andar). Don Rugacio y doña Castañita se casaron, él de 90 años, de 88 ella. Para el amor no hay edad, dice el proverbio. La primera noche él le tomó la mano a ella, y se durmieron luego. La segunda también. La tercera igualmente. Cuando la cuarta noche don Rugacio volvió a tomarle la mano, doña Castañita protestó, molesta: “¿Qué te pasa? ¿Acaso eres un maniático sexual?”. FIN.