“Morir: dormir nada más.
Y si durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la carne, sería una conclusión seriamente deseable”.
W. Shakespeare.
No quería que llegara la noche, le era insoportablemente atormentada, le hacía sudar frío y ese tembleque del cuerpo que no podía contener. Tendido en su camastro de concreto en su celda individual ya que era un reo de máxima peligrosidad, en el bloque “siete” del área “B”. En un cuarto de no más de siete metros cuadrados de puro hormigón, veía pasar su vida y el desfile de fantasmas y espíritus que en formación casi militar iban pasando uno a uno delante de él; lo más raro, pensaba, es que hacían su aparición cronológicamente.
Desde el primero al que le dio “piso” a la edad de 17 años hasta los últimos, que fue una masacre múltiple en un casino de la frontera en la que fueron cincuenta y cinco muertos, lo que hacía un acumulado criminal y sangriento de su vida, de ¿quién sabe cuántos muertos?, ya que había perdido la cuenta.
Para sus escasos cuarenta y ocho años, aunque aparentaba más de sesenta, tenía un cúmulo de enfermedades gastrointestinales, niveles de glucosa altísimos, hipertensión alta y para acabarla, se le estaba pudriendo la piel, misma que estaba agarrando un color verde grisáceo, por una rara infección, que él atribuía a que en su vida mató por puritito gusto a muchos perros, nada más veía un perro sarnoso le descarga la pistola o el cuerno de chivo. La “maldición de los Xoloitzcuintle”, le llamaba.
Empezó como halcón en el crimen organizado, luego estaca, fue escolta y chofer, pasando por el sicariato, para terminar como jefe de una importante zona del pacifico mexicano. Controlaba desde envíos de droga de Centroamérica, hasta los principales aeropuertos y pistas de aterrizaje, defendiendo “su territorio” de bandas contrarias a sangre y fuego.
Ahora, recluido en esa pocilga fría y húmeda, por primera vez tenía miedo, pero no de los custodios u otros reos que quisieran ajusticiarlo, ni de la cárcel o de su encierro perpetuo, sabía que iba a morir ahí, sino de los muertos que lo visitaban todas las noches. Lo más terrorífico, es que le hablaban, no solo era una simple pasarela de espectros desfigurados o quemados, sino que se detenían y lo increpaban a gritos, maldiciéndolo por toda la eternidad. Las voces no cesaban, le retumbaban en los oídos, se estaba volviendo loco, perdía la noción del tiempo del día y de la noche, no podía cerrar los ojos porque los veía y los escuchaba, estaba muriendo en vida. Se estaba convirtiendo también en un fantasma, sin saberlo.
De todos los que desfilaban noche tras noche, al que más miedo le tenía, era a Yolandita, sí, su gran amor y compañera de mil aventuras criminales, a quien, en un fin de semana de drogas y alcohol, terminó por volarle la tapa de los sesos, en un infantil arranque de celos por voltear a ver a otro hombre, según él. Yolandita lo atormentaba y para colmo pasaba abrazada de otro hombre, igual con la cabeza agujereada.
TAPANCO: No sé en verdad si sigue vivo el preso número A2490312, pero cuentan los custodios, que todas las noches desaparece de su celda y aparece al otro día, más podrido y golpeado, al parecer se lo llevan “sus” muertos para ajustar cuentas.
A Usted, estimado lector ¿Lo visitarán “sus” muertos este fin de semana?
@franciscosoni