Tancredi

Mi primer acercamiento con Il Gatopardo, fue la famosa frase que tantas veces he escuchado en política: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.” Luego vi la adaptación que hizo Netflix y, aunque está bien hechecita, deja que desear. El libro es otra cosa. Una chulada de personajes complejos y situaciones que pasan en Italia a mediados del siglo XIX, pero que podrían pasar en cualquier lugar del mundo, en cualquier época. No es una novela sobre nobles italianos, es un tratado sobre el cambio político. 

Por un lado, tenemos la representación del statu quo, el príncipe Don Fabrizio Salina, el heredero de generaciones, tierras y linaje, cuya misión en esta vida, es preservar la tradición y el emblema familiar, un gatopardo en el escudo. La Italia decimonónica no coopera para nada con el príncipe, los vientos cambian, Garibaldi toma fuerza y Don Fabrizio siente como tiemblan los cimientos de su castillo ante la posibilidad de un nuevo orden político y social. 

Por otro lado, está Tancredi Falconeri, sobrino del Príncipe, un desparpajado y carismático joven que no tiene un pelo de tonto y que ve venir desde muy lejos que el reino de las dos Sicilias está por caducar. No es que Tancredi esté completamente convencido de las ideas de Garibaldi, pero no tiene duda alguna que el pueblo sí. El joven entiende que está viviendo en el umbral de algo nuevo y sabe que tiene dos opciones: quedarse como su tío a proteger al gatopardo o sacarlo de la jaula para que sobreviva. Entonces, decide embarcarse con el general y apostar al pragmatismo. Así, se une al que aparentemente es el bando que piensa destruir todo lo que los Salina representan, se hace uno más del pueblo. A pesar de haber tenido cierto escarceo amoroso con su prima Concceta, se casa con Angelica Sedára, hija de un burgués adinerado que, por muy revolucionario que fuera, añoraba ser parte de una casta antigua. Entonces, el matrimonio es un caso de ganar-ganar. Tancredi se integra a la clase emergente, pero al hacerlo, evita que la aristocracia se desplace; en su lugar, él la absorbe. Y la familia de su esposa, a su vez, adquiere el prestigio, la casta de siglos, la tradición.

En México llamamos chapulineo al acto de saltar de un bando a otro y a veces da la impresión de que nosotros inventamos el asunto. La verdad es que no, el chapulineo no tiene patente mexicana. El olfato político, tampoco. Hay gente que tiene la gracia de entender el tanteómetro político, se la juega y le sale bien. Caen parados, como los gatos. Sin embargo, no todo mundo puede presumir de tal habilidad. Hay quienes son meros oportunistas y caen nada más para desnucarse.  La cosa parece magia, porque a unos les resulta y a otros no. No hay magia. Hay observación, cálculo y hasta clase. Tancredi es el ejemplo de la victoria política a mediano plazo, pero, a fin de cuentas, todo cambia, siempre. No hay gatopardo eterno. Los que sobreviven, lo entienden.