Hace unos cuantos días me invitaron a hablar sobre el papel de los columnistas como formadores de opinión pública. Debo decir que en mi primera reacción fue preguntarme si en estas épocas podemos hablar de que exista una opinión pública o más bien deberíamos hablar de opiniones públicas. La sociedad se encuentra enraizada en una serie de creencias divergentes que hacen complicado hablar de opinión pública, como si estuviésemos refiriéndonos a un todo. Creo que estamos navegando entre una serie de islas de opinión que hacen ver al país más como un archipiélago de ideas y no como una firme masa territorial.
Sería absurdo pretender que este hecho es inédito. En México, es difícil encontrar un momento histórico donde haya habido una sola voz que se alce como la expresión única de este país; así que por ese lado, resultaría desproporcionado y carente de perspectiva rasgarse la vestiduras y decir que jamás habíamos estados tan polarizados; porque lo hemos estado y hemos sobrevivido. Por ese lado, no hay que azotarse. Entonces, la primera reflexión invita a acostumbrarnos a vivir entre el pluralismo de opinión sin que le otorguemos una connotación divisiva. Eso sí, hay que reconocer que sería mucho más sencillo lidiar con una sola voz, pero en esta tierra nunca nos hemos andado con simplezas. Nos aburren.
La segunda reflexión fue más bien cínica. ¿Moldear opinión pública? ¡Por dios santo, si nos leen tres pelados! ¿qué tanto se puede moldear cualquier cosa con una minoría? Luego, mi adulto a cargo, Marcos, me hizo reparar en el efecto dominó de una columna: dos o tres leerán, pero éstos luego lo comentarán con un círculo cercano, y quizá después los segundos receptores con otros más y entonces el llamado círculo rojo romperá el cerco y estarán las ideas ahí, rondando entre todos, querámoslo o no. Entonces, el resultado será muy similar al que tenemos los maestros: quizá demos clase a veinte o treinta, pero el salón será trascendido para llegar a las casas de los alumnos, a los bares donde ellos convivan y finalmente la calle. Entonces, tampoco se trata de minimizar y decir que los columnistas estamos aquí en calidad de bonito e inútil adorno. Tenemos un papel.
En un tercer momento, la cuestión llegó específicamente a mi papel como columnista. Llevo en esta tarea más de diez años y les aseguro que jamás me he sentado frente al teclado a decir: “muy bien, hoy moldearé la opinión pública hablando del Producto Interno Bruto y aleccionaré al mundo, que no tiene idea de nada”. Lo mío es mucho más personal: toda palabra que escribo no tiene otro fin mas que iniciar un diálogo con la realidad del momento, interpretar el espacio que habito y acercarme a sus actores. Hay también, una necesidad por narrar. Y con esto último, entro siempre en un gran problema: Walter Benjamin escribió en 1936 que la narración ha muerto, porque “la cotización de la experiencia ha caído y parece seguir cayendo al vacío.” A nadie le importan las narraciones, porque ya nadie tiene tiempo para nada. Todos estamos tan ocupados haciéndonos los importantes, que resulta superfluo chocar con la pequeña historia del de a lado.
Vino a la mente entonces, uno de los interpretadores de realidad que columnearon las minucias de la vida: Fernando Umbrar, quien durante años en su espacio, Los Placeres y los Días, hablaba sobre la vida del español promedio. Umbral fue frecuentemente tachado de superfluo, de hablar de nada. Sin embargo, sus columnas fueron reconocidas porque “Se trata de descubrir el imaginario colectivo a través del columnismo político. Lo importante radica no en el acontecimiento, ya que no se trata de la noticia como tal, sino del discurso de la realidad social producida por un periódico”. A la gente le es completamente inclusive si el precio del barril de mezcla mexicana del petróleo está a 12 o 456 dólares. Le importa si le alcanza para llenar el tanque de su carro. Entonces, Umbral no andaba tan perdido: el hecho no es nada, sin el discurso que produce en la realidad.
En cierto momento, Germán Dehesa fue también acusado de no escribir sino banalidades, de jugar con el lenguaje en temas serios, cuando lo esperado para un crítico, es que hable por encima de los demás. Lo que no entendían sus críticos, era que Dehesa sabía usar como nadie mexicanismos sin restar un ápice a la dureza de su opinión, haciendo incluso reír a los lectores con la franqueza de sus párrafos, que no hacían otra cosa mas que publicar lo que la gente opinaba tal y como lo hubiesen dicho en cualquier café.
Jorge Ibargüengoitia por años escribió su columna, En Primera Persona, haciendo justamente desde ahí, un análisis profundo de México y los mexicanos, a través de sus experiencias con el cartero, con la mujer que hacía la limpieza de su casa, del burócrata, de los bañistas del Acapulco donde se contoneaba una exótica Silvia Pinal, desafiando cualquier tradicionalismo y haciendo el tinglado para establecer que México ahora, era la tierra moderna que esperábamos. Rescatar sus escritos bajo el título “Instrucciones para vivir en México” no pudo ser más apropiado. En este país nos creemos facilitos, pero cualquiera que tenga que lidiar con nosotros necesita instrucciones.
“El periodismo es literatura bajo presión”, sentenció Juan Villoro, y agregó que “el periodismo permite salir al aire libre, tener pretexto para adecuarme a situaciones ajenas a la mía y entender que son los otros los que explican la realidad”. Nadie lo pudo haber dicho mejor. El columnismo consiente a través de las filas en los bancos, en las compras de la tiendita, en la plática con los vecinos, tomar el pulso del pequeño mundo en que vivimos y ampliarlo hasta la intimidad de la casa de los otros, aquella donde la realidad también se escribe, pero en otro tipo de letra.
No estoy muy segura que los columnistas moldeemos la opinión, pero sí estoy cierta de que lo que hacemos es dialogar con quienes están del otro lado del periódico para tratar ahuyentar la soledad, acercarnos a otras realidades, y, con suerte, entender y entendernos. Habitar en un tercer espacio de letras entre lo público y lo privado.