Imagine esperar la pipa para llenar el tinaco mientras escucha que el gobierno quiere traer tiburones a San Luis Potosí. Usted calculando si alcanza el agua para bañarse; la autoridad imaginando un pedazo de océano detrás de un cristal. Cuesta encontrar una estampa más precisa de nuestras prioridades públicas.
Ricardo Gallardo anunció una transformación del Museo Laberinto de las Ciencias y las Artes, con siete salas digitalizadas y un acuario para unos 25 tiburones. El comunicado oficial habla de más de 150 millones de pesos para el conjunto. Esa precisión importa: falta conocer cuánto corresponde al acuario. Lo que ya tenemos es el entusiasmo gubernamental por una atracción cuyo costo permanente merece tantas explicaciones como su inauguración.
En Cambio de Ruta hemos expresado nuestro rechazo al componente del acuario. Renovar contenidos, acercar la ciencia a la infancia y aprovechar la tecnología son objetivos valiosos. Precisamente por eso debemos discutir qué se enseña, cómo se enseña y a costa de qué. Poner animales detrás de un vidrio no convierte automáticamente una exhibición en educación ambiental.
La pregunta incómoda empieza fuera del museo. Pulso publicó, con datos del Imco, que la proporción de viviendas abastecidas mediante pipas pasó de 1.5 a 4.5 por ciento entre las ediciones 2024 y 2026 de su índice urbano. Detrás de esos porcentajes hay familias que organizan su vida alrededor de la siguiente entrega de agua. Para ellas, la escasez tiene horarios, cubetas y gastos.
El aire tampoco ocupa un lugar privilegiado. La propia Segam reportó 2.1 millones de pesos para mantener, rehabilitar y operar cinco casetas de monitoreo. Su titular reconoció que la vigilancia ofrece un panorama incompleto. No necesitamos inflar comparaciones presupuestales: necesitamos que el gobierno explique por qué una nueva atracción merece semejante impulso mientras sigue pendiente conocer bien la contaminación que respiramos.
Un acuario tampoco termina de pagarse cuando se corta el listón. ¿Cuánta agua necesitará? ¿Cuánta electricidad? ¿Cuál será su gasto anual y quién responderá cuando la taquilla no alcance? El anuncio contempla cuotas para contribuir al mantenimiento. Antes de comprometer recursos y seres vivos, corresponde publicar un presupuesto de operación sostenible. Los animales tendrán que comer también cuando se acabe la novedad.
Luego viene lo esencial: ¿qué especies se pretende exhibir, de dónde saldrán y qué condiciones tendrán? El anuncio oficial no explica un programa concreto de conservación, investigación o rescate. Eso debe acreditarse. Decir “ecológico” no resuelve las preguntas sobre el bienestar de un animal; hace falta demostrarlo con algo más que publicidad.
Además, las salas digitales anunciadas permiten plantear otra ruta: experiencias inmersivas para conocer el océano sin convertir su fauna en decoración. También podríamos enseñar a cuidar los manantiales, los bosques y las zonas áridas de nuestro estado. La educación ambiental debería ayudarnos a comprender la naturaleza que estamos perdiendo a la vuelta de casa.
Y el abogado Jorge Chessal añadió una dimensión fundamental en “Se busca ciudad (II)”: el edificio también merece atención. El Laberinto es una obra de Ricardo y Víctor Legorreta, inaugurada en 2008. Sus patios, recorridos y relaciones entre luz y espacio forman parte de una concepción arquitectónica. Antes de intervenirla, hay que explicar qué se conservará, qué se modificará y por qué.
Una ciudad también se empobrece cuando trata su arquitectura como material desechable de cada administración. Actualizar un museo exige sensibilidad hacia lo construido y respeto por su vocación. Su valor no depende de que lleve siglos en pie ni de que le guste al gobernante en turno. El patrimonio de todos merece algo mejor que una ocurrencia con fecha de arranque.
El propio gobierno reconoce que la propuesta sigue en planeación. Estamos, entonces, a tiempo de exigir el proyecto, los estudios, el desglose presupuestal y una discusión pública seria. Escuchar a científicos, especialistas y ciudadanos debería ser parte del trabajo, no una molestia que se tolera después del anuncio.
Gobernador: haga del Laberinto un lugar donde se aprenda a cuidar la vida. Empiece por demostrar que su proyecto cuida la de los animales, respeta el edificio y tiene sentido en una ciudad con necesidades urgentes. La grandeza de una obra también se mide por las carencias que ayuda a resolver.
Delírium trémens.— Hasta cambiarle el nombre al Laberinto contempla el anuncio del gobernador Ricardo Gallardo. Propongo “Museo de las Prioridades”: afuera, ciudadanos esperando agua; adentro, tiburones con servicio permanente. La visita explicaría mucho más sobre el gobierno que sobre el océano.
@luisglozano