Todo sea por la gorra

En definitiva resulta complicado entender los permanentes dispendios del gobierno del Potosí para los potosinos, que ya todos sabemos que de eso no tiene nada; las legiones extranjeras se han apoderado del aparato burocrático. Ni el profesor, ni el contador se atrevieron a tanto. 

No hay explicación, por ejemplo, para el estratosférico gasto que generaron  los enormes ralladores de queso o matamoscas, según se quiera ver, colocados a la entrada del Centro Estatal de Cultura y Recreación Tangamanga I, “Profesor Carlos Jonguitud Barrios”, como en realidad se llama lo que de manera coloquial conocemos como parque Tangamanga (antigua Tenería); aunque al paso que vamos es seguro que en breve será denominado por decreto La Pollería Park. 

Esa es una pequeña muestra de lo ornamental, derivado de la exquisita estética gubernamental, pero también es fascinante el tiradero de centavitos que se ha hecho (y seguro se seguirá haciendo) en la contratación de artistas de diversa ralea. Al pueblo banda y circo, que el pan se consigue en otro lado. 

De ahí que cueste trabajo comprender que se tiene para gastar hasta el hartazgo (o dijeran por ahí: a lo naco) y no se tengan recursos para adquirir un equipo y programa (software) de calidad, eficientes, y decentes, que permitan agilizar el trámite de la expedición de licencias de conductor en las oficinas de la Secretaría de Finanzas distribuidas a lo largo del estado. 

Porque resulta que alguien tuvo la brillante idea, que por ser cambio de administración y estar en su momento culminante el trámite de dichas licencias, deberían reemplazarse todos los equipos que, al menos hasta la semana pasada funcionaban a la perfección. Gasto innecesario, según el dicho de los propios encargados de captura y elaboración, pero “…pues usted sabe, cambio de administración”

Oficinas recaudadoras y módulos de licencias colapsados, falta de sincronía entre la página electrónica de la Secretaría de Finanzas que permite hacer las citas (era lo recomendable por la pandemia) y las oficinas recaudadores, filas interminables de compungidos y enfurecidos contribuyentes que en fila desde las seis o siete de la mañana –para alcanzar lugar– salen (si es que alcanzan a entrar a la oficina) con su licencia hacia las cinco de la tarde. 

El bartlettazo, la caída del sistema, ha sido permanente en todas las oficinas recaudadores del estado desde el martes hasta el día de ayer.

Esa misma falta de coordinación se da entre las secretarías de Seguridad Pública y la de Finanzas, llegar a la primera con los papeles que indicaron en la segunda, para darse cuenta que no son tales, y comenzar de nuevo (después de estar en formación de las cuatro a las ocho de la mañana) la recolección documental. Pero resulta que el gobernador está más preocupado por atender su faceta de arquitecto, diseñador y esteta, que el del funcionamiento operativo y real de la administración pública. 

Argumentar que la licencia de conducir gratuita y vitalicia será un beneficio mayor para la ciudadanía es absurdo, muchos de los que hacen fila preferirían pagar a estar allí durante horas, observando como el policía de guardia (de esos que están en las puertas de toda oficina pública de respeto) permite el libre acceso para el trámite a todo tipo de uniformado de las fuerzas del orden público. 

Miembros de la Guardia Nacional (con las armas en brazos y la respectiva camioneta estacionada fuera de las oficinas), policías estatales y municipales, ingresan libremente y sin mayor control a cualquiera de esas oficinas y (porque con ellos no falla el sistema), salen felices con su nueva licencia.

“–¿El influyentismo se permite? –No, pero las indicaciones que se tienen en esta oficina es que a los uniformados se les permita ingresar sin formarse ni hacer cita y se les entregue su licencia porque se encuentran en horas de trabajo.” Respondió quien se encarga de la jefatura de una de esas oficinas, seguro suponiendo que el resto de los allí formados se encontraban en etapa vacacional o no desempeñan labor alguna.  

De la gratuidad de las placas ni hablar, en el beneficio va oculto el calvario (o la comisión para quien ordena el troquel de aquellas), desde hace semanas no las hay para camionetas de trabajo, así el contratista, el materialista, el paisa en jauja, el agricultor que esperan el beneficio tendrán que esperar a que las “haiga”, quizá para julio, si bien les va. Mientras tanto a gestionar por métodos de “simplificación administrativa” las permanentes detenciones de los tránsitos. 

Creo que todo esto se pudiera soportar si el interior de las oficinas gubernamentales fuera agradable, pero todas se encuentran pintadas con un patético verde que en mucho me recuerdan a los mesabancos unitarios de una de las escuelas públicas por las que transité cuando niño. 

De la estética de placas y licencias ni hablar, sólo faltó que su –también– verde diarreico fuera complementado con la oración del conductor y las imágenes de san Cristóbal y el beato Sebastián de Aparicio. 

Aunque, quizá mi percepción sea sesgada y en la relación gobernador-contribuyentes (Gallardo-potosinos), aplique a la perfección el dicho de las abuelas: “quien bien te quiere te hará sufrir”. En fin, el sufrimiento, al igual que licencias y placas, es gratuito; el inservible equipo para expedir licencias, no. 

Gracias por la lectura, espero no me acusen de “bárbaro contestatario” y me cancelen un almuerzo el martes.