En México uno acaba haciendo de todo. Hace unos días llegó a mí la fotografía de un chavo tamaulipeco estudiante de ingeniería en el Instituto Tecnológico de Tampico. Se llama Javier Ayala. El cuate, como muchos de nosotros, necesita dinero.
Entra a clases hasta finales de septiembre y a diferencia de unos cuántos, su verano no lo pasó tirado de panza en alguna playa. En lugar de eso, decidió colocar unos anuncios en su colonia ofreciendo varios servicios para ganar algo de dinero. Propuso dar clases de álgebra, geometría analítica y química básica. Pero también ofertó servicios básicos de albañilería aclarando que cuenta con su propia herramienta. Se mostró dispuesto para ayudar en mudanzas, realizar limpieza en general, pasear perros o hacer mandados.
También se ofreció a cocinar y hasta puso un menú de especialidades, como omelettes con jamón y queso fundido al centro, bistec de res en salsa, milanesa, espagueti a la bolognesa, lasaña o croquetas de atún y papa.
Indudablemente cualquiera que, como Javier, no tiene empacho en ofrecer todo su repertorio de habilidades y conocimientos para buscar obtener un trabajo remunerado, merece aplausos. Esas son ganas de trabajar y no fregaderas.
Sin embargo, amén de ofrecerle alabanzas, la situación de este joven tamaulipeco, no deja de ser inquietante. En este país, no basta con que uno sea muy bueno en algo. No es suficiente estudiar hasta el límite, ni contar con toda la experiencia del mundo sobre tal cosa.
La inestabilidad del país hace que médicos con años de estudio acaben teniendo que complementar su salario vendiendo productos de joyería. Ingenieros vendiendo tacos al pastor. Doctores en cualquier campo humanístico vendiendo sándwiches a sus colegas universitarios.
No me malentiendan, creo que todo trabajo es digno y alabo a todo aquél que guarda sus ínfulas con tal de obtener un ingreso legal para sí mismo o para sostener a su familia.
Sin embargo, hay algo retorcido e incorrecto desde el momento en que personas calificadas y con experiencia reciben salarios que no van acorde a su preparación y que son evidentemente insuficientes para sostener dignamente siquiera a una persona, mucho menos a una familia entera.
Hay algo erróneo en tener que convertirse en todólogo con tal de medio librar la quincena y obrar cada día el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados.
El otro día escuché a una pareja de chavas que estaban vestidas con el uniforme de cierto establecimiento bancario. Una de ellas comentaba con su compañera, una señora que ya rebasaba los cincuenta años, cómo su sueldo de cajera no estaba rindiendo.
Contó que ella y su esposo rara vez se veían dado que él se la pasaba todo el día trabajando para ganar un sueldo un poco menor al de ella. “-Así vamos a tronar. Ya no podemos de la preocupación por el niño y por pagar el departamento. No nos vemos nunca y el fin de semana peleamos por todo. Los gastos nos están ahogando”-
Recordé varios casos cercanos de cuarentones como yo, que se han dado cuenta de que pasan su vida adentro de las oficinas y, salvo una minoría privilegiada, con sueldos que no son proporcionales a su preparación y experiencia.
Sin excepción, agradecen tener empleo, pero hay algo que los está matando: reducir sus vidas a una computadora, hojas de Excel y oficios por redactar. Hay más en la vida y ahora, que están a la mitad, añoran tenerlo.
El estudio de la revista Nexos, Mexicanos Ahorita, refleja bien el sentimiento. Mi generación se siente desencantada. Hemos hecho lo que nos dijeron para tener una buena vida: estudiamos, trabajamos, formamos familias. Pero algo salió mal. Estudiamos sí, pero ahora para la mayoría, no sirven mucho los años que nos preparamos. Trabajamos, sí, pero con sueldos mínimos.
Familia, sí, pero no fue el sueño que nos contaron y por lo menos la mitad está ahora con rupturas que distan mucho del cuento de hadas que algunos pensaron vivirían.
Entonces, resulta lógico que la mayor aspiración de los connacionales es tener estabilidad y un mejor empleo (la encuesta se levantó en casi mil ochocientos hogares) y se van desplazando los ideales comunes y la articulación de sueños nacionales. Para estos mexicanos, los que ahora están en edad productiva, el “ahorita” es lo que cuenta y la patria no es mas que el metro cuadrado donde viven.
Así, casos como el del joven Ayala dan prueba de que a los mexicanos no se nos tupe, pero no porque seamos un dechado de virtudes, sino porque la necesidad nos orilla a hacernos todólogos y lo mismo damos clases de álgebra, que hacemos repellados o preparamos quesadillas de huitlacoche con tal de salir adelante. Entonces, la cosa no es quedarnos con los elogios para los todólogos, sino cuestionarnos qué vamos a hacer para dejar de ser.