Tradición y cambio en las formas de hacer política II

El tema que hoy nos ocupa es, indefectiblemente, una interpretación de los resultados de las votaciones a nivel nacional, estatal y en cada municipio donde se efectuaron elecciones. 

Situados en el tema del momento, me planteo la siguiente pregunta, ¿México, el país, se reduce a dos visiones sobre el sentido de gobernar? Esto es, por una parte, quienes representan la denominada 4T y, por la otra, quienes no están de acuerdo total o parcialmente con tal representación política. 

Me resisto a creer que sea así; considero que México es mucho más que dos visiones únicas de nuestro país y de ello deseo hacer el tema de mi interpretación sobre las recientes elecciones. 

Debo decir que comparto la idea de que nuestro país tiene una gran mayoría de población viviendo en situaciones de pobreza. Que hay una deuda histórica de justicia social con esta mayoría y que, tradicionalmente, hay una clase gobernante que usa el poder para beneficiarse traicionando la confianza de quienes los eligen. 

En general, percibo el discurso de quienes representan la 4T planteando este diagnóstico como premisas de su proyecto político. En ese sentido me identifico con quienes así miran nuestro país. 

Sin embargo, aun cuando comparto el diagnóstico que sirve de base, tengo muchas reservas sobre la idea de que algunas formas que se han seguido sean pertinentes para el futuro de una sociedad plural.

En particular, me refiero a la pretensión de obtener el control total del poder para guiar una transformación que traiga consigo la tan ansiada justicia.

Parto de la consideración de que los seres humanos no somos perfectos. Que cada uno tenemos limitaciones y somos susceptibles abusar del poder. En tal sentido, un buen grado de consciencia es reconocernos en tal idea (nada novedosa, por cierto) que asume la posibilidad humana de cometer excesos si no hay contrapesos, si no se construyen entidades que representen esos contrapesos y que limiten nuestra naturaleza humana.

Basado en esta concepción antropológica, tengo muchas reservas para creer que un grupo (sea la 4T o cualesquier otro), deba obtener el control total del poder gubernamental para hacer posible la tan anhelada justicia social. Veo en la historia que, quienes así lo han creído, no lo han logrado.

En este contexto, alcanzo a mirar en los resultados de la reciente elección una posición social de política práctica pero no menos profunda: la que busca el equilibrio social en la constelación de instituciones. Una visión representada por quienes generaron votos diversificados para los poderes legislativos en sus dos niveles (federal y estatal), así como para los poderes gubernamentales en sus dos niveles (estatal y municipal) *.

*Considero que los números de las estadísticas sobre las votaciones darán sustento a esta creencia.

Ahora bien, ¿se puede seguir que, de esta posición política práctica se plantee que la justicia tan anhelada represente un ideario político?

Cabe aclarar que, cuando nos referimos a justicia, nos representamos la idea de un poder judicial que supere sus lastres históricos y se convierta en el poder que de equilibrio a la relación entre el poder ejecutivo y la sociedad (gobernanza); equilibrio entre el poder ejecutivo y el poder legislativo para que las leyes no sean rehenes del poder económico, político o cualesquier otro poder de facto.

La justicia como ideario político representa un pacto entre partes para someternos a un poder que sólo nosotros mismos podríamos generar. Un pacto que permita evitar los excesos de la polarización entre dos visiones antagónicas para dar lugar a una más que, sin suprimirlas, las somete al libre juego de las ideas y los argumentos sobre el sentido del poder gubernamental.

¿Le resulta muy rebuscado?... quizá lo es; lo que sí es muy concreto es esa idea amenazante de que sólo hay dos ideas sobre nuestro país y que sólo una de ellas debe de gobernar.  

Me resisto a creer que aquellas personas a quienes amo, pero con quienes no comparto algunas de sus ideas políticas, no merezcan mi afecto, no merezcan mi respeto.

Me resisto a creer que aquellas personas con quienes comparto el mismo pueblo, pero no comparto sus ideas, no merezcan obtener la oportunidad de gobernar porque así lo han decidido la mayoría. 

Me resisto a creer que aquellos que logran el poder gubernamental tienen el derecho único a decidir qué hacer con ese poder sin considerar a quienes no obtuvieron dicho poder.

En el centro de estas digresiones, está la interpretación de que existe la necesidad de constituir aquí y ahora una-otra alternativa para todos; más allá de la visión maniquea de dos mundos únicos. 

Como dicen en mi pueblo cuando alguien opina distinto: “¿qué se puede hacer si a mi me gusta bailar rancheras?” …

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