En su frase “La historia se repite, primero como tragedia y después como farsa”, Karl Marx hacía referencia a que los eventos históricos ocurren inicialmente con seriedad y un alto costo humano, es decir, “la tragedia”; pero al repetirse, se convierten en imitaciones ridículas, exageradas o absurdas: “la farsa”, porque no se aprendió de los errores del pasado.
En 1973, en el Medio Oriente se desató la Guerra de Yom Kippur, un conflicto entre Israel y una coalición de países árabes liderados principalmente por Egipto y Siria. Tras el inicio de la guerra, varios países exportadores de petróleo pertenecientes a la Organización de Países Exportadores de Petróleo decidieron imponer embargos petroleros contra Estados Unidos y varios países europeos, en represalia por su apoyo a Israel. El resultado fue una crisis energética global: el precio del petróleo se disparó, se formaron largas filas en las gasolineras y muchas economías occidentales entraron en un periodo de inflación y desaceleración económica. Bajo esta coyuntura el mundo comprendió con mayor claridad que el petróleo podía utilizarse como una poderosa herramienta de presión política.
Hoy, medio siglo después, con las crecientes tensiones entre Irán y la coalición Israel-Estados Unidos, el posible cierre del estrecho de Ormuz parece encaminar al mundo hacia una situación que recuerda a la crisis energética de los años setenta. Este estrecho es un punto crítico para el sistema energético mundial: por esta vía marítima estratégica circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta. El mercado energético funciona bajo una lógica relativamente simple: cuando existe el riesgo de que disminuya la oferta de crudo, los precios tienden a subir. En el caso del Medio Oriente, esta posibilidad es particularmente sensible. Países como Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos concentran una parte significativa de la producción mundial. Cualquier tensión militar, bloqueo de rutas marítimas o sanción económica puede afectar el flujo de petróleo hacia los mercados internacionales.
Pero la pregunta inevitable es: ¿cómo podría afectar esto a México? Aunque nuestro país es productor de petróleo a través de Petróleos Mexicanos, su economía energética está profundamente conectada con los mercados internacionales. El precio de la gasolina y del diésel que consumimos no depende únicamente de la producción nacional, sino también del precio internacional del crudo y de los combustibles refinados. Cuando el petróleo sube en los mercados globales, los costos del transporte y de la energía también aumentan en México. Esto puede traducirse en mayores precios para alimentos, productos industriales y servicios. Por ahora, el gobierno mexicano ha recurrido al estímulo fiscal del IEPS para tratar de estabilizar los precios y evitar un “gasolinazo”.
En estados con una fuerte actividad manufacturera y logística como San Luis Potosí —donde operan industrias automotrices, proveedores de autopartes y amplias redes de transporte de mercancías— un incremento sostenido en los precios de la energía, especialmente si el conflicto se prolonga, podría afectar la competitividad de las empresas, elevar los costos de producción y, en consecuencia, impactar indirectamente el costo de vida de la población.
Resulta sorprendente que, después de más de cincuenta años, los mercados internacionales vuelvan a inquietarse ante tensiones en las mismas regiones y las economías vuelvan a preguntarse cómo protegerse de una posible escasez de petróleo. La escena resulta familiar: incertidumbre en los mercados, volatilidad en los precios de la energía y preocupación por sus efectos en la industria y en la vida cotidiana. Parece como si no hubiéramos aprendido de las tragedias del ayer, y por eso hoy corremos el riesgo de repetirlas, pero esta vez convertidas en la farsa de nuestra propia falta de memoria.
El Dr. Jonathan Sánchez es ingeniero mecánico egresado de la Facultad de Ingeniería de la UNAM y Doctor en ingeniería mecánica por la UNIVERSIDAD DE MANCHESTER en el Reino Unido. El Dr. Sánchez ha trabajado para GE Aviation y ha realizado consultoría para el Instituto de Ingeniería de la UNAM. Sus cursos están relacionados con el uso eficiente de la energía y manufactura. Actualmente es profesor en el Tecnológico de Monterrey campus SLP. Sus áreas de investigación son simulación numérica, uso eficiente de la energía, análisis de datos y machine learning.