Tramoya

Me cimbró enterarme por pura casualidad, sobre la muerte de una compañera de generación. Nunca fuimos amigas, ni siquiera cercanas. Era, mas bien, uno de los personajes que forman parte mi escenario. La saludaba, eso sí, con el cariño de quien estuvo en cierta época de mi vida. Su muerte fue inesperada. Nada que nadie pudiera prever. No hubo tiempo para despedirse. No hubo tiempo para nada. Quizá por eso me conmovió. Una muerte sin sentido, sin nada detrás que muestre una explicación razonable. Simplemente, se fue. No conocí a su familia, aunque supe que se casó y tenía hijos. En su lugar, le di el pésame a dos de sus amigas cercanas, a quienes veo con cierta frecuencia.

Yo misma formo parte del escenario tangencial de alguien más. Alguien que por alguna circunstancia me conoció, pero que nunca hemos intimado. Formo parte de la tramoya del teatro de otros. No me molesta, porque cada quien tiene diferentes funciones. Se, en cambio, que soy personaje principal de varias obras protagonizados por otras personas.

La muerte de esta mujer me ha puesto a poner más atención en aquellos que forman parte de escenario donde me muevo. Está, por ejemplo, la señora que casi siempre me atiende en la panadería, una mujer que ha de ser un par de años mayor que yo, que lleva su cabello recogido y tiene la cara redonda como el sol. Siempre está sonriente y es de las pocas que contesta los saludos de los clientes con un “¿Cómo está usted hoy?”. Me cae bien porque cuando mando a mis chavillos a comprar, les pone la misma atención que a un adulto. Son muy pocas las personas que tratan a sus clientes menores de edad con el mismo cuidado. Ella, en cambio, los trata con toda la seriedad que la transacción amerita, les da las gracias y los despide con un “Vuelva pronto, joven.” En cambio, tengo grabada en la cabeza a una empleada de la sucursal de cierta cafetería cuyo nombre evoca a la antigua Britania, que, sin importar que mis chicos estuvieran sentados en una mesa, puso ahí sus cosas con afán de “fuera de aquí, escuincles” y los ignoró cuando querían ordenar. Yo, que por ejercicio de independencia para mis chicos, estaba sentada a unos metros de ellos, vi perfectamente cuando conscientemente los ignoró. Poco tiempo después cerraron la sucursal, pero aún así, no hemos ido más a la matriz. Nos quedó un mal sabor de boca que nada tenía que ver con los alimentos del establecimiento.

Mis personajes incluyen al hombre que lavó mi carro por muchos años en mi oficina anterior. Un tipo agradable y meticuloso. Ya sabía que los lunes mi vehículo llegaba hecho un cochinero ante las frecuentes salidas a la sierra y se daba el tiempo para sacar tapetes, sacudir y dejarme en interior reluciente. Por fuera, llevaba la cuenta de cada rallón y de cada pequeña marca mucho mejor que yo. No lo he vuelto a ver, pero extraño su meticulosa entrega a su trabajo y la sonrisa con la que siempre me entregaba mis llaves.

Saludo cada mañana al señor del puesto de barbacoa que llueve, truene o relampaguee, se instala cada día antes de las ocho de la mañana. El hombre corta inmensos trozos de carne en pedacitos proporcionales a la tortilla, de manera que el taco no se desparrame en la mordida. A veces una mujer, que imagino es su esposa, lo acompaña para hacerse cargo de la cobrada y entonces recibo dos sonoros: “Que tenga un buen día señorita”. Creo que además del tono optimista, me cae bien que omitan el “señora”. Luego, a cierta hora de la tarde, saludo a un hombre mayor que se encarga de limpiar el carrito de barbacoa. Enjabona el círculo de madera donde cortan la carne, los cuchillotes, la banca donde se sientan los clientes y me despide con un “Ya es tarde, debe tener hambre, buen provecho”.

Me cae re bien la versatilidad de la señora del carrito de la esquina donde, en temporada de calor, vende vasos de frutas, y en invierno, acomoda un anafre donde mantiene caliente atole de dos tipos y tamales. La señora siempre me desea buen día y me hace algún comentario sobre el clima. Luego, deja de ir por días. Un vez le pregunté si había estado enferma. Le dio mucha risa y me dijo que no. Tiene un hijo que la apoya con los gastos y hay veces en que simplemente no va a trabajar porque no quiere. Me causó mucha gracia y algo de envida.

Tengo también a la señora de los jugos, a la mandamás de la frutería, al señor de los quesos, a las cajeras del supermercado donde voy los sábados… hacemos tantos contactos en la vida, que lo triste es que no me sé sus nombres porque los doy por sentado. Creo que van a estar ahí siempre, pero no es así. Ni yo, ni ellos. Habrá quienes nos sustituya y aparezcan nuevos personajes. Por eso mañana me detendré unos minutos y pondré nombres a mis personajes. Porque aunque quizá no lleguen a ser actores principales, todos tenemos derecho a dejar de ser tramoya.