Más allá de discutir sobre los alcances del principio de reserva competencial que contempla la Constitución Política Mexicana en el artículo 124, para determinar lo que sí (y no) pueden hacer las entidades federativas con respecto a temas que son de incumbencia propia del gobierno federal como las relaciones exteriores o la seguridad nacional, queda claro que la soberanía es por definición nacional y, aunque se hable de soberanía de estados o entidades federativas, es evidente que no puede ampliarse el alcance del concepto en ese nivel digamos residual, porque a fin de cuentas, en términos estrictamente lógico-jurídicos, se trata de una jerarquización normativa que no puede voltearse patas arriba como para darle la interpretación convenenciera que algunas posturas partidistas pretenden para justificar hechos como el del caso Chihuahua.
El asunto es que los hechos a los que nos acostumbraron los gobiernos neoliberales anteriores a la llegada de la Cuarta Transformación, rayando en extremos de sumisión vergonzantes como cuando Vicente Fox le espetó el famoso “comes y te vas” a Fidel Castro para tratar de quedar bien con el entonces presidente gringo George W(c). Bush, son cosa de ese pasado que ya no se puede admitir y, por eso, bien vale la pena conmemorar y celebrar dos años del triunfo del segundo piso de la 4T porque, con todo y lo que se diga, se especule o se alucine por parte de la derecha, las relaciones de poder con gobiernos del exterior recobraron el trato digno y equilibrado que se había perdido con gobiernos entreguistas anteriores y que, se decía, poco faltaba para que pidieran a gritos y sombrerazos la intervención externa, cosa que, finalmente, aunque parezca increíble, se materializó en personeros de la derecha más estridente como la que representa una senadora de apellido Téllez.
La soberanía nacional, como antes se ha señalado en este espacio, fue “herida” (Luis González Souza, dixit) por esos gobiernos neoliberales que, además, como en el caso de Carlos Salinas, confundían los alcances del uso de la fuerza estatal en lo interno con el respeto de la autonomía de las entidades y regiones, llevando a un declive crítico de la capacidad de autogobernarnos y propiciar que termináramos completamente subordinados a los intereses económicos y políticos de los grandes capitales asociados con el gobierno estadounidense. La paradoja del poder soberano que se arrogaba el tal Salinas, como para hasta pretender, cual sueño guajiro, la loca idea de presidir la Organización Mundial de Comercio, se plasmaba en alardear el logro de grandes reformas económicas modernizadoras, pero resultaba que hasta los diseños de política económica para el país terminarían en manos de organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
Esa era, de alguna manera, una forma de medir el grado de soberanía alcanzado, sugería González Souza, más allá de la visión lógica que se reclama como el derecho de ejercer el autogobierno, no de manera abstracta, sino en medio de diversas circunstancias que posibilitan su concreción histórica. En suma, conmemorar dos años de continuidad de la transformación iniciada en 2018 es relevante porque luego la memoria de la oposición de derecha es corta y, parece que fue ayer cuando la mayoría del pueblo mexicano resolvió que no se podía permitir más abuso de quienes poco faltó que le pusieran rueditas a bienes nacionales emblemáticos como el Palacio Nacional, para ofertarlos al mejor postor extranjero.