Me ha conmovido leer en el New York Times la historia de Roman, Dymitro y Artem, tres amigos ucranianos cuya edad no llega a los treinta. Se conocieron en la infancia formando parte de un grupo Scout. Ahí, según sus palabras, afianzaron la hermandad que puede darse tan genuinamente entre desconocidos y comenzaron a verse crecer juntos. Roman estudió Ciencias Políticas y desde el 2019 fue electo parlamentario por su estado. Dymitro dejó la universidad para enrolarse en la Legión Francesa, donde sirvió algunos años y posteriormente abrió un bar de vinos. Artem se dedicó de manera profesional al salto en paracaídas a la par de ser dirigente de un grupo de Scouts. Como toda amistad, tuvieron sus altas y bajas, tiempo de ser muy cercanos y otros donde prácticamente no sabían nada de ellos.
Al iniciar la guerra contra Rusia, el político se encontraba en el parlamento, el emprendedor en su negocio y el aventurero en Brasil, donde tomó inmediatamente un vuelo de regreso. Se comunicaron entre ellos y sin mayor discusión decidieron presentarse como voluntarios para pelear en esa absurda guerra (absurda como todas las guerras). Se presentaron a entrenamiento en la misma unidad y de ahí, al frente, los tres juntos. Dicen que les reconfortaba estar hombro con hombro, soportando el horror, aligerando el miedo. Los temores se materializaron el 18 de junio del año pasado. Roman estaba en una misión separada, Dymitro y Artem, juntos. Un ataque a su campamento dejó a Artem muy mal herido. Una hora después, murió en brazos de su amigo. Le enterraron en su ciudad natal, entre antiguos y nuevos Scouts, dejaron su pañoleta colgada en la cruz que marca su tumba.
Dymitro y Roman volvieron al frente y ahí decidieron pedirle matrimonio a sus respectivas novias. Veían que la vida era muy corta y ya no querían desperdiciarla. Dymitro y su novia decidieron casarse en abril de este año, pero nunca pudieron hacerlo. El 13 de marzo un ataque con drones mató al instante a Dymitro, mientras Roman estaba en Kiev. Ahora, Roman es el único que queda.
No soy tan ingenua como para no ver que esta historia es parte de la propaganda que diversos medios estadounidenses hacen a favor de Ucrania, pero no por eso le podemos restar valor. Pudieron haber sido tres amigos rusos, o israelís o palestinos. Las historias son iguales y las batallas completamente sin sentido. Hay jóvenes muriendo por el mundo debido a guerras que muy pocas veces pueden justificar sus causas.
Además de lo absurdo de la muerte de estos jóvenes de 27 años, con vidas y futuros truncos, está también el recordatorio constante sobre ese gozo privilegiado que da crecer con alguien en amistad. Algunos de nosotros hemos tenido amistades que por décadas nos han visto pasar desde la infancia hasta la madurez y, al igual que los tres ucranianos, vivido períodos de íntima cercanía y de soledades necesarias. Hemos vivido desacuerdos, hasta peleas, pero también reconciliaciones y espacios comunes donde claramente puede verse el futuro. Sin embargo, a veces se necesita una guerra para entender que esas cercanías son un privilegio.
Mi fe en que la humanidad entendamos el sinsentido de las guerras es flaca, casi nula. Siglos de pleitos absurdos parece no habernos dejado ni un solo aprendizaje. Sin embargo, la convicción por creer que la amistad puede salvarnos está fortalecida e intacta. Moriremos todos, pero será un privilegio morir entre amigos y mejor, vivir con ellos.