A una semana del discurso de quiebre, la crisis se profundiza. Lo más grave es que no se busca una salida. La convocatoria de la Presidenta es que nos refugiemos en la zanja que abre el discurso nacionalista. La trinchera en la que Sheinbaum se refugia está a la espera de la siguiente bomba. Ahí dentro no hay otra estrategia más que la radicalización de su base política y la confrontación con el enemigo interno. Al atrincherarse en el discurso soberanista, la Presidenta se encierra.
Se trata del reconocimiento de una dramática debilidad, pero, sobre todo, de un gran fracaso. Había sido extraordinariamente cuidadosa en su trato con el gobierno norteamericano y, particularmente, con Trump. Aquí y afuera se le reconocía el tiento para lidiar con él. No caía en sus trampas, ignoraba las provocaciones y se empeñaba en cuidar lo esencial: la sobrevivencia del acuerdo comercial y un entendimiento razonable en materia de seguridad. Hizo enormes concesiones con la esperanza de aplacar a la bestia. Cuando la estrategia se gastó, la Presidenta se quedó sin una idea para reconducir el vínculo vital. Aquí no hubo Plan B. El discurso es el reconocimiento de que la Presidenta no tiene más herramienta que el discurso. Es la confesión de que no tiene pistas de diálogo, que no construyó puentes de comunicación diplomática.
Es importante ubicar el punto de ruptura. En plena guerra comercial, México mantuvo el diálogo. Ante la intervención en Venezuela, la Presidenta fue cauta. Estuvo dispuesta a detener los envíos de combustible a Cuba para no enfadar al Presidente y a su secretario de Estado. No ha tenido ningún problema para deportar a cuanto reo le pide el gobierno norteamericano. Si no son dirigentes de Morena, los perseguidos de aquel lado no tienen derecho que valga. Entregarlos es asunto de seguridad nacional. Pero si son políticos aliados, la protección se vuelve símbolo de dignidad. Ahí se rompió el hilo. Colaboración para perseguir al crimen organizado siempre y cuando los criminales no formen parte de la coalición gobernante. La mujer que pudo detener sus reflejos ideológicos, la que mantuvo serenidad ante incontables provocaciones, está dispuesta a ponerlo todo en riesgo al romper lanzas por su partido.
El camino que empezó hace una semana muestra que la radicalización impone su propia lógica. Se ponen en movimiento fuerzas que resulta difícil detener. Quien llame a la distensión se coloca de inmediato en el contingente de los traidores. Cuando se hizo pública la petición de detención de los diez de Sinaloa, se percibía todavía el intento de conducir dentro el proceso que se quería sacar del país. Por lo menos se dejaba abierta esa posibilidad que implicaba un reconocimiento de que el problema era real y que había cartas de diálogo. Ahora no hay ningún gesto de que se quiera limpiar la casa. Al convertir a los acusados en extensiones de la bandera no hay forma de iniciar una investigación en su contra. Y no hay manera, tampoco, de ignorar que la protección política de los perseguidos viene de Palacio Nacional.
El libreto que, desde hace una semana, sigue la Presidenta embona perfectamente en el esquema del intervencionismo trumpista al mostrar al gobierno federal como una cubierta de impunidad. Se echan a un vaso roto los gestos que reconocen la colaboración de ella y la comparan favorablemente con los obstáculos que interponía su antecesor. La separación que el gobierno de Trump todavía hace entre la jefa del Estado mexicano y los políticos subordinados al narcotráfico empieza a diluirse a los ojos del trumpismo cuando la Presidenta asume con tanta vehemencia la defensa de los sospechosos. La Presidenta da por perdida la batalla antes de tiempo y pone, con toda claridad, los intereses de su grupo por encima de los intereses nacionales.
Lo atestiguamos cada mañana: el juicio de la Presidenta se deteriora y su cerrazón aumenta el riesgo para el país. No hemos cruzado la línea del primer tercio del sexenio y ya vemos los signos de esas manías que suelen acompañar los últimos años en el poder. Ese es uno de los problemas de la conferencia diaria: el declive no es rumor ni sospecha, es el espectáculo de todos los días.