“Debo hacerte una confesión que me avergüenza -le dijo el señor a su esposa-. Cuando hago el amor contigo siempre pienso que lo estoy haciendo con otra mujer”. “¡Qué malo eres! -respondió ella en tono lamentoso-. ¡Y yo, que cuando hago el amor con otros hombres siempre procuro pensar que lo estoy haciendo contigo!”... Otro cuento sobre el mismo tema. Por más esfuerzos que hacían en la cama aquellos esposos no lograban llegar al fin del acto. El marido le preguntó a su señora: “¿Qué nos pasa? ¿Tampoco tú puedes pensar en alguien más?”... “Soy Superman” -le dijo Clark Kent a Luisa Lane. “¿Ah sí? -dudó ella-. A ver, enséñame tu ese. Clark echó mano al zipper de su bragueta. Aclaró rápidamente Luisa Lane: “¡Tu ese de Superman, pendejo!”... Don Pugnacio y doña Beligeria tenían 40 años de casados. No sé si por eso, o a pesar de eso, reñían constantemente. Cansada de las desavenencias doña Beligeria tomó sus precauciones, y un buen día le anunció a su marido que lo iba a abandonar para irse con un hombre 20 años menor que ella. Le dijo don Pugnacio: “También con él vas a pelear”. “Sí -aceptó doña Beligeria-. Pero al menos él tiene todavía con qué reconciliarnos”... Todos los nobles del feudo se alistaron para ir a la Cruzada. Cada uno le ordenó al herrero del pueblo el cinturón de castidad para su respectiva esposa. Alguien le preguntó al herrero: “¿Por qué das tan baratos los cinturones?”. Explicó el hombre: “Donde gano es vendiéndoles la llave a las señoras”... Aquella noche Dulcibella fue a recoger a su novio en su automóvil. Subió el muchacho y dijo con encendido acento: “¡Derechitos al motel, mi vida!”. Respondió ella, vacilante: “Antes voy a dejar en su casa a mis papás. Vienen en el asiento trasero”... La chica adolescente leía un libro en la sala. Comentó: “Aquí dice que en algunos países de Asia la mujer no conoce a su marido sino hasta que se casa con él”. “¡Mira! -exclamó su mamá-. ¡Igualito que aquí!”. (La mujer se casa pensando que el hombre va a cambiar, y el hombre no cambia. El hombre se casa pensando que la mujer no va a cambiar, y la mujer cambia)... En la merienda con amigas declaró Rosibel: “Tengo el mejor marido del mundo. Desgraciadamente no es el mío”... Doña Clorimela chocó su coche. Pérdida total. Le pidió al agente de la aseguradora: “Deme el dinero que me costó el coche”. Le informó el agente: “No podemos darle dinero, pero le daremos otro vehículo igual”. En ese caso -manifestó doña Clorimela- cancele el seguro de vida de mi esposo”... La señora narró en la reunión de los jueves: “Esta mañana un hombre holgazán y dado a la bebida me pidió dinero. Le di 500 pesos”. “¡Qué barbaridad! -se escandalizó una-. ¿Y qué dijo tu marido?”. Respondió la señora: “Me dijo: ‘Gracias’”... Usurino Matatías es el avaro patrio. Quiero decir que es cicatero, agarrado, manicorto, mezquino, cutre, ruin. Su esposa le dijo que necesitaba dinero para comprar un peine. “¡Cómo! -se inidgnó Matatías-. Te compré uno cuando nos casamos”. “Sí -admitió la señora-. Pero ya nada más le queda un diente”... El autobús de pasajeros iba lleno. Subió una linda chica y no halló dónde sentarse. Un maduro señor le dijo, bondadoso: “Señorita: no puedo cederle mi asiento, pues por mis años me es imposible ir de pie, pero si gusta siéntese en mi regazo. Soy ya viejo, de modo que vaya usted tranquila”. Aceptó la muchacha el generoso ofrecimiento, y tras dar las gracias al amable caballero se sentó en sus piernas. Poco después la bella joven le dijo al señor, turbada: “Siento algo”. “Perdone, señorita -respondió él más turbado aún-. Parece que no soy tan viejo como creía”. FIN.