Un bote de cajeta

Debe usted saber, lectora, lector querido, que pertenezco a un gremio muy específico: aquél formado por potosinos y potosinas cuarentones, clasemedieros y en crisis. En cierto momento de mi vida, cuando era joven e inexperta, pensé que ese rollo de la crisis de los cuarenta era una invención del gremio de psicólogos y psiquiatras diseñado para atraer clientela que, a esa edad, ya puede pagar un tratamiento serio y largo. Pero ¡oh, inocencia perdida!, resulta que eso de llegar al punto medio (más o menos) de la vida, trae consigo una serie de cuestionamientos que no necesariamente se responden con mieles y florecitas. La cuarta década de la vida es un estuche de monerías.

Por un lado, la juventud de los veintes se ha esfumado, por mucho que uno quiera negarlo aventándose triatlones. No quiere decir que se esté al pie de la tumba, pero lo cierto es que el tiempo no perdona, las patas de gallo alrededor de los ojos se marcan cada día con mayor profundidad y las manos se arrugan sin que valga cirugía estética alguna. Al evidente cambio físico hay que sumar que, a la mitad de la vida, los que ya no quieren seguir juntos se separan, los que quieren estar juntos, se juntan y los que quieren estar solos se cuestionan si de verdad querían estarlo. Y luego, vienen las crisis profesionales: ¿vale la pena este lugar, en donde estoy dejando la vida? ¿realmente soy pleno como profesionista? ¿ya llegué a donde dije que estaría?

Total, que esto de los cuarentas, es una chulada donde hay una constante: la complejidad. Quién sabe por qué canija razón, los cuarenta buscan las respuestas de la vida en un universo churrigueresco. Yo, como fiel representante de mi gremio, sin pudor alguno confieso que a veces me malviajo ante el evidente medio kilometraje recorrido. Eso, contando que tendré suerte y viviré el promedio de vida de las mexicanas en mis condiciones. Pero no hay que olvidarse que mañana bien puede atropellarme una ruta 23 y hasta ahí llegué. Sin embargo, la mediana edad me ha agudizado la vista y el oído. Veo a los otros miembros del clan buscando entenderme y he descubierto que me causan (me causo) mucha gracia.

Parece que los cuarenta nos acartona. Buscamos las mejores almohadas para dormir, comida finolis, el mismo sabor de helado, metemos las narices en las copas de cristal como si realmente entendiéramos al tinto que nos vamos a beber y nos volvemos, en pocas palabras, especialitos.

En estos días ya andaba yo azotándome cuando, afortunadamente, nos fuimos de campamento. De entrada, había un solo baño para unas 90 personas y nadie se murió del estrés. Jugamos dos días teniendo como gadgets árboles, palos y cuerdas. Al diablo los teléfonos móviles y las tablets. La mayor parte del tiempo nos atacó sutilmente una lluvia moja-babosos, de esa que no se siente pero que cuando acuerdas, estás empapado como esponja para lavar trastes. Cocinamos cochinita pibil en una estufeta, tomamos café caliente de un pocillo cualquiera. Vimos una puesta de sol entre neblina y árboles tan vivos que sólo les hacía falta hablar. Encontramos flores moradas, hongos azules y frutillas rojas. Caímos rendidos sin que hubiera necesidad de pensar en nada y al día siguiente, en un rato inesperado, dormí la mejor siesta que he tenido en mucho tiempo, sobre el vil piso adentro de una casa de campaña a medio quitar. Hasta desapareció el dolor de espalda que había tenido el último mes. Me reí mucho con mis amigos adultos, me divertí muchísimo viendo las ocurrencias de los niños y, contribuí a la serie de homenajes que se le rindieron al chavito que, en nuestra hora de necesidad, sacó de su mochila un frascote nuevo de cajeta para organizarnos un postre de pan de muerto de un día antes, coronado con la chorreante leche quemada.

En resumidas cuentas, me di cuenta de que soy una reverenda idiota azotándome por pequeñeces abstractas, mientras la simpleza de la vida, bien puede caber un bote de cajeta.