En los cursos de planeación de primer grado de licenciatura, se busca que las(os) estudiantes aprendan el valor que tiene la planeación racional de las cosas. Esta noción completamente humana de pensar en problemas, necesidades, demandas, causas, cursos de acción, recursos, efectos deseados, consecuencias. Privilegiar al pensamiento racional -y cuando se puede, estratégico- implica la posibilidad de contar con ciertos criterios ordenadores de lo que nos rodea y asumir la rectoría de nuestra propia realidad.
Mas que una secuencia que puede enseñarse o aprenderse con libros de texto, seminarios, webinars -no, más webinars no-, nos haría bien entender a la planeación estratégica como un modo, casi un hábito para entender y hacer las cosas. Y para valorar la capacidad que tienen las personas y las organizaciones -sobre todo aquellas que funcionan con dinero público- para hacer las cosas bien.
Miles de páginas se han escrito sobre la naturaleza contingente de la realidad que enfrentan las organizaciones públicas. Siempre que comienza el periodo de gobierno de algún representante popular, suelo pensar en los problemas cotidianos que habrá de enfrentar, pero, sobre todo, en los grandes problemas complejos que surgen de forma imprevista. Estos fenómenos que suelen superar por mucho a las capacidades de las organizaciones para contener, administrar y en una de esas, resolver los problemas.
Ilustro con un par de ejemplos dolorosos. Los sismos de 1985 y de 2017 demostraron que la diferencia entre un fenómeno y un desastre radica en la capacidad que tenemos de evitar y disminuir muertes, lesiones y daños. Nadie tiene la capacidad de predecir cuándo va a ocurrir un fenómeno de ese tipo o magnitud, pero sí tenemos la posibilidad de anticipar y prever determinadas consecuencias. Además de dinero, se requiere conocimiento, orden y algo de voluntad. Es el hábito de prever, planear y actuar en consecuencia.
Contra esto, existe y florece el hábito de la improvisación, que suele ir de la mano de la ignorancia, la pereza política y la obscena irresponsabilidad pública. Esto es muy fácil de identificar, pero muy difícil de erradicar. Mientras prevalezcan los circuitos de comunicación política que privilegien al carisma como un atributo de calidad gubernamental, los mensajes facilones y los lugares comunes, cada vez será más lejano y difícil que el trabajo político que orienta a las organizaciones públicas se caracterice por la rigurosidad y el método de la planeación.
Quisiera plantear esto como un problema de exigencia. En repetidas ocasiones hemos señalado la necesidad de subir el estándar de la discusión pública en las campañas electorales, en los debates. Una cosa son las candidaturas, y otra los gobiernos. ¿Es razonable exigir racionalidad y método?.
“Vamos, ni el jazz es pura improvisación”. Escribió hace un tiempo José Woldenberg.
Twitter. @marcoivanvargas