¿Qué tan orgullosa(o) está Usted de ser mexicana(o)? ¿Estaría Usted dispuesta(o) a pelear por nuestro país en un conflicto armado?.
Estas preguntas suelen formar parte de la Encuesta Mundial de Valores (googlead, si le interesa) que se viene realizando desde hace unos treinta años en casi todo el mundo. Este trabajo resulta particularmente útil para quienes se interesan en la geografía humana, la sociología, la antropología y las ciencias sociales en general. Hoy lo pongo a su consideración como una provocación para discutir de manera crítica el nacionalismo que se construye actualmente en nuestro país.
El nacionalismo es una ideología unificadora, deliberadamente elaborada para garantizar la cohesión del pueblo dentro de un estado. Gran parte de la idea de nación como la entendemos tiene que ver con la manera en que se logra la adhesión que cada individuo tiene al estado nacional del que forma parte. Tener la nacionalidad mexicana es una calidad jurídica establecida en la constitución, pero sentirse mexicano es cosa distinta: tiene que ver con un sentido de pertenencia a una comunidad que quizás es heterogénea, pero que comparte lengua, cultura, tradiciones, presente y futuro.
Quizás convenga echar un vistazo al ideal colectivo de la fraternité de la revolución francesa. En ella se funda la idea de nación, como un reflejo ideológico –dice Lucio Levi- de la pertenencia a un estado en el que la clase dirigente quiere imponer a todos los ciudadanos un conjunto de principios, valores, creencias y costumbres que permitan construir la individualidad nacional de manera eficaz en el anchuroso territorio nacional.
Durante los primeros años del México independiente –y/o de la conformación de cualquier país independiente- la construcción del sentido de nación fue una asignatura indispensable. Con lo extenso que era el territorio, lo heterogéneo de las costumbres y realidades que existan dentro de las fronteras, y su combinación con la notoria debilidad e ineficacia del gobierno nacional, no era de sorprender que se hayan presentado intenciones separatistas en Texas, Yucatán o la autoproclamada República de Rio Grande –compuesta por Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas-.
Muchos son los elementos que integran el sentido de nación que se expresa en lo colectivo pero que se cultiva en lo individual. La nación es esa fe secular en la que se busca adhesión y lealtad por medio de himnos, símbolos, épica, héroes, ritos, promesa, esperanza. Recuerdo la liturgia de los lunes por la mañana: hay un juramento donde yo, como niño, te entrego, bandera de México, mi corazón y todo lo que soy. ¿No ha sido el mismo cielo quien te ha entregado un soldado en cada hijo?. Ay México lindo y querido, no quiero irme nunca de tu lado, ¿qué será de mí si muero lejos de ti?.
Cada gobierno reafirma el sentido de nación de manera distinta de acuerdo al conjunto de valores y principios que pretende promover. No es casualidad que a la entrada de un nuevo gobierno, se aproveche la oportunidad de ajustar los contenidos de los libros de texto gratuitos, o de emitir nuevos billetes –esto se llama discurso numismático, prometo escribir de ello más adelante- o de fomentar cierto tipo de cine –como en la llamada época de oro del cine mexicano- para construir una narrativa nacional acorde a la mezcla de elementos de nación que se pretenden promover -. Aparecerán y desaparecerán íconos, héroes, leyendas, cartillas morales, vivas en el grito; pero el resultado siempre busca ser el mismo. Hay que mantener el sentido de pertenencia.
Solo para saciar algo de curiosidad: desde la última década del siglo pasado, México ha mantenido los porcentajes más altos de orgullo nacional entre todos los países donde se levanta la Encuesta Mundial de Valores. Gran parte de la forma en que entendemos nuestra historia y nuestra riqueza, tiene relación con la manera en que nos es presentada y, por tanto, en el valor que le damos para definirnos como mexicanas(os). Lo curioso del asunto es que, en Europa, por ejemplo, con todo el fenómeno de la integración, sus retos y diferencias; el orgullo nacional no es tan alto como la disposición por pelear por el país en un conflicto armado.
Tenga la bondad de considerar algo más. Me gusta la narrativa de la nación plural, la de la concordia y tolerancia, la de la celebración de la democracia como la virtuosa relación política entre quienes somos y pensamos de manera distinta. Los extremos nunca son buenos. El nacionalismo no es racismo exacerbado, ni xenofobia, ni imposición de la razón, ni brutalidad patriotera. Agradezco colocar las cosas en su debida proporción.
Twitter. @marcoivanvargas