Cuando alguien dice: “mejor cuéntenme una de vaqueros”, se entiende que la referencia es a la incredulidad que despierta otro relato que se está escuchando. Pero si se cambiara, en la frase de marras, vaqueros por banqueros, resultaría aún más descabellado imaginar que tan poderosos caballeros puedan ser parte de tramas tan escandalosas como extraordinarias. La razón de tal paradoja es elemental: en el proceso de valorización del capital se pasa de momentos sucesivos de rotación del dinero que se reinvierte como dinero con ganancia (D-M-D’) en las esferas de producción, distribución y especulación, siendo ésta última donde el capital financiero, o “capital que rinde interés”, se tiene como la más lejana al proceso originario de generación de plusvalor en la etapa industrial y, por lo tanto, generalmente considerando al capitalista financiero como un “habilidoso” negociador para obtener ganancias que, por supuesto, no se advierte que derivan del trabajo impago del proceso de producción mismo.
Es una paradoja porque, se supone que uno de los sellos del capitalismo es la alienación que tiene el posesor de la fuerza de trabajo con respecto a su condición, aparentemente equitativa y libre, frente al posesor del dinero, el capitalista. Por eso, no es común que los escándalos que ponen al descubierto los excesos del capital bancario sean ventilados como si se tratara de cualquier ajuste de cuentas dinerarias, sino como expresión de una crisis que muestra la enorme transferencia de valor que enriquece a unos cuantos. Así ocurrió en la crisis financiera de 1995 en México, cuando se pusieron al descubierto los grandes negocios de una élite económica privilegiada que derrochaba el dinero como agua y que, luego, con la crisis de capitalización llevada, serían rescatados con cuantiosos recursos públicos que, aún hoy en día, representan un pesado lastre como deuda interna. Cabal Peniche, Lankenau y demás banqueros en quiebra, volvieron a realizar negocios como si nada.
Uno de los casos más emblemáticos de cómo se rescató un banco con recursos públicos, que fue saneado y puesto luego a la venta al capital extranjero, fue el de Banamex con Roberto Hernández a la cabeza, siendo beneficiado con la condonación del pago de impuestos, por el tristemente célebre Francisco Gil Díaz, por varios miles de millones de pesos, cuando fue comprado por Citigroup. En esa (transa)acción, realizada en el gobierno de Vicente Fox, se generó un fuerte daño al erario y todo quedó registrado como una “habilidosa” maniobra del banquero mexicano que, para entonces, ya andaba en otro tipo de negocios inmobiliarios. En fin, ahora resulta que Grupo Financiero “Citi” procederá a vender a Banamex para solventar el apoyo a pequeñas y medianas empresas en Estados Unidos, afectadas por la pandemia de Covid 19. De inmediato, en nuestro país han saltado a la palestra algunos magnates como Ricardo Salinas Pliego que, como ya se ha caricaturizado por allí, regatea los requerimientos de cuantiosos adeudos al gobierno mexicano por concepto de impuestos, pero ávido de más ganancias no se conforma con tener un banco (Azteca) sino que quiere más, a sabiendas que un banco es un buen negocio en un país donde la regulación es menos estricta que en el vecino país del norte que, por ejemplo, en 2008, sancionó a Citigroup por prácticas indebidas. Sin embargo, no se descarta que otros empresarios mexicanos entren al quite y, eventualmente, contribuyan a fondear sectores económicos también afectados, acá, por la crisis sanitaria.