Una modesta opinión sobre educación

En las últimas semanas he tenido una conversación recurrente con diversas personas en relación a la educación en general y a la formación de abogados en particular. Algo hay que no estamos haciendo bien.

Desde lo alto de las cumbres académicas, desde las torres de marfil, desde las mesas de trabajo y gabinetes burocráticos públicos y privados, se dictan planes y programas académicos que son estimados por escuelas y universidades como los óptimos para la formación de nuestros estudiantes. Es el producto del arrastre de la pluma de doctos personajes de la pedagogía, de la academia y de la educación.

Me hacen recordar aquella frase del poeta de la Grecia clásica, Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una muy importante”; podrán tener muchos títulos y blasones, podrán saber muchas cosas, pero no saben (o sabemos) la más importante; ¿Qué quieren los alumnos?

El alumno claramente nos puede decir qué es lo que espera de nosotros, de sus estudios profesionales, de sus facultades, escuelas y universidades; solo el alumno puede mostrarnos qué es lo que quiere y a dónde quiere llegar.

Quienes estamos inmersos en la educación universitaria de grado y posgrado, ¿queremos enseñar derecho a formar abogados? Son dos cosas distintas que se pueden preguntar y en muchas otras áreas del conocimiento, si no es que a todas. A los alumnos no les basta que les demos los “qués” e incluso los “porqués”, sino que debemos ser contundentes en los “para qués”.

Y en eso, desde la lejanía que nos da la vida por los años transcurridos, la experiencia y nuestra historia personal propia, difícilmente sabremos los profesores qué es lo que quieren los alumnos, a dónde quieren llegar, cuáles son sus objetivos y aspiraciones. 

Hace ya algún tiempo escribí en esta misma columna lo que yo consideraba que era el programa ideal para formar abogados, que incluía sustituir muchas de las materias que actualmente se comprenden en el programa de la licenciatura en derecho en escuelas y facultades, recurrir a materias formativas más que de mera información, abandonar otras que realmente son más bien especialidades más allá del conocimiento esencial de quien apenas se inicia en el aprendizaje de la carrera y favorecer el desarrollo del pensamiento en el alumno

Los tiempos cambian, el derecho también. De nada nos sirve pensar en pararnos frente a nuestros alumnos a repetir lo que aprendimos hace treinta años como sin el mundo no se transformara día con día.

He visto a mis hijos resolver sistemas de ecuaciones, raíces cuadradas de fracciones elevadas a potencias y cosas por el estilo en sus clases de matemáticas de prepa. Estoy plenamente consciente que las matemáticas ayudan al desarrollo del pensamiento abstracto, pero siempre acompañadas de la explicación que permita conocer justamente adónde se llega y que se logra por eso que tenemos enfrente. Es igual en la formación de abogados. 

Por eso me parece una necesidad imperiosa que no puede esperar más el que los directivos de las escuelas y facultades entablen un diálogo directo, franco y abierto con sus alumnos para saber que quieren y a dónde quieren llegar. Sin tanto protocolo, sin tantas reglas, solo diálogo, así, tal cual.

Solo así la educación representará un valor y dejará de ser cultura general para convertirse en una herramienta de progreso y perfeccionamiento de la persona. A las escuelas y universidades les hace falta flexibilizar la forma en que se hacen los programas académicos.

La vuelta a clases presenciales ha demostrado que los alumnos no necesariamente extrañan el aula y que para algunos, representa incluso una pérdida de tiempo el tener que asistir a tomar una hora de clase en la que el profesor invierte quince minutos en pasar lista de asistencia y luego se dedica a contar una especie de resumen de lo que dice un libro que el alumno puede leer por su cuenta. 

Controlar los contenidos específicos de cada una de las asignaturas es una tentación que deben vencer las instituciones para que los maestros recuperen el altísimo sentido que tiene esa palabra: que los maestros enseñen no solo lo que han leído en un solo libro, sino todo el bagaje acumulado con años de experiencia, de vivencias, de trabajo, de estudio, de reflexión.

No debemos ser exclusivamente acompañantes mudos de un proceso informativo que no forma nada y no llega a ningún lado.