Vacación de internet

Por gajes del oficio, entre una mudanza y otros abarrotes, me estoy enfrentando al desafío insensato de vivir con un un internet a medio cocinar y créanme que, aunque gozoso, es como desprenderse de pronto de una adicción: la “vida” ya no pasa por el eterno “scroll”, ni la sensación de no productividad, y poco a poco una va redescubriendo espacios personales en el olvido o arrinconados.

Extraño mis series y el el ruido noticioso que me anestesia mientras voy y vengo de un lugar a otro para no perderme detalle de los acontecimientos que, a decir verdad, sin mi atención no cambian un ápice: los mismos problemas sin resolver, los mismos abusos, las mismas historias en la “tempranera” y los únicos cambios son los protagonistas – aunque todos miembros de la misma “compañía” de teatro -de carpa-, autonombrada 4t o ecologista con tintes naranjas y de ahí pa’l real, simplemente lo mismo.

Así que la chulada del temporal aislamiento internetiano, me cae como anillo al dedo y es justo lo que el doctor me recetó: no tengo que viajar a un pueblo remoto ni acudir a un monasterio para dejar de sufrir el daño que las pantallas provocan silenciosamente en mi sistema nervioso.

Así que disfruto estos días, mientras aprovecho para ver una luna en su cielo, un amanecer, una jacaranda frondosa y las cajas de la mudanza que van desapareciendo mientras se acerca el día en que la magia tendrá que disolverse para dejarme envolver de nuevo en algoritmos que nos hacen creer que estamos en la onda y enterados de lo más “trendy”.

Es el mundo que todos hemos creado y que poco a poco nos va apretando un poco más pero que, sin embargo, disfrutamos y le damos más cuerda a la hilacha para seguir sintiendo que pertenecemos a las tribus de este nuevo mundo.