Cada fin de agosto, el tránsito cotidiano de nuestras calles sufre una sacudida inevitable. Regresan los uniformes recién planchados, el amontonadero matutino sin importar la zona de la ciudad en la que uno transite y, en las aulas, el olor a papel sin estrenar. Se ha reportado que n este ciclo escolar, más de 24 millones de niñas, niños y jóvenes en el país retoman las aulas. En San Luis Potosí, cerca de 550 mil estudiantes movilizan a miles de familias en un ritual intergeneracional que no nada más incluye a padres y madres de familia, sino que hace uso de toda una red que incorpora a abuelos, tías y cuanto pariente pueda echar la mano para llevar y traer a las criaturas. Y dentro del trajín escolar, se busca renovar la fe en el conocimiento.
Usted sabe, lectora, lector querido, que yo soy profe dedicada a la Historia y a la Ciencia Política, y desde ahí, llamémoslo por mero vicio de deformación profesional, me resulta imposible ver este retorno con simple nostalgia o complacencia ritual. Hoy cabe preguntarnos sin condescendencia: en el México actual, ¿sigue siendo la educación la vía de movilidad social y el salvoconducto para un futuro mejor, o estamos ante una inercia institucional que perdió su promesa transformadora?
Las cifras del INEGI revelan una dura ambivalencia. Por un lado, la estadística mantiene viva la premisa: una persona con estudios universitarios en México percibe, en promedio, ingresos significativamente superiores a los de quien solo concluyó la educación básica, además de registrar menor exposición a la informalidad. Pero el contraste con la realidad numérica indica también que el mercado laboral actual opera bajo una tasa de informalidad que roza el 55%.
En San Luis Potosí —un dinamizador polo industrial del Bajío— presenciamos una paradoja inquietante. Mientras la entidad muestra tasas de desocupación bajas (alrededor del 3%) y atracción de inversión, miles de jóvenes graduados de nuestras universidades terminan subempleados o absorbidos por sectores de baja cualificación donde la cédula profesional parece no marcar la diferencia. Entonces, el título académico ya no garantiza automáticas puertas abiertas; a menudo solo otorga la oportunidad de competir en un terreno sobrepoblado de precariedad.
¿Significa esto que el esfuerzo en las aulas ha quedado caduco? Rotundamente no, ni de lejos. La falacia contemporánea consiste en medir la educación bajo una vara estrictamente utilitarista y mecanicista. Cuando reducimos la escuela a una fábrica de insumos para el mercado laboral, nos condenamos al desencanto.
La educación ya no garantiza una movilidad social ascendente en la medida acelerada en que lo hizo la generación del México posrevolucionario o de mediados del siglo XX. Sin embargo, continúa siendo la herramienta más potente para algo vital: la emancipación del juicio crítico, la formación de ciudadanía activa y el desarrollo de un pensamiento capaz de descifrar las complejidades del poder, la tecnología y las desigualdades estructurales. Aquí seguramente habrá quien diga que nadie come juicio crítico ni paga la luz y el agua con ciudadanía participativa; sin embargo, las complejas conexiones cerebrales que se realizan únicamente durante el proceso de enseñanza-aprendizaje sí permiten generar respuestas resilientes y creativas ante las vicisitudes de la vida, lo que permite desarrollar habilidades que serán indispensable para encontrar modos de vida.
La crisis del contrato social educativo no debe ser el pretexto para el abandono de las aulas, sino la exigencia radical hacia el Estado y la sociedad para redefinir el valor del saber. Educar no puede limitarse a certificar habilidades para el empleo inmediato; debe consistir en cultivar seres humanos capaces de cuestionar la realidad que habitan y rehacerla. Debemos también revalorar la profesionalización de los trabajos manuales, que a través del entrenamiento en capacidades técnicas permiten acercarnos a esa movilidad social.
El verdadero riesgo de este inicio de clases no reside en el tráfico ni en el costo de los útiles, sino en la apatía de acudir a la escuela por simple inercia sin preguntarnos para qué educamos. Estadísticamente, el camino del conocimiento sigue ofreciendo mejores márgenes frente a la vulnerabilidad. Pero en términos humanos e institucionales, la educación será la opción para un futuro mejor solo si nos atrevemos a transformarla de un mecanismo de reproducción social, en una trinchera de libertad económica y comunitaria.