Se ha repetido aquí constantemente la idea contenida en el refrán “en la variedad está el gusto”. Para disfrutar mejor de lo que nos ofrece una buena copa de vino, es menester hacernos asiduos a la comparación de unos con otros, sea entre etiquetas del mismo origen varietal o geográfico o entre botellas de distinta procedencia estilística, incluso de distintos costos. En esta ocasión me permito recomendarle algunos vinos disponibles en nuestra ciudad o en tiendas en línea que espero le sirvan, caro lector, para ampliar sus horizontes; es probable que le sean inéditos o, acaso, que no haya caído en la cuenta de que alguna vez los cató.
Gewurztraminer. Esta uva blanca originaria de los alrededores de Alsacia presenta típicamente un color amarillo dorado de gran concentración cromática y aromática. Recuerdos a lichi, durazno, frutas tropicales y cítricos dulces, complementados con esencias florales de tocador, especias y jengibre acompañan un final seco a semi seco con buen cuerpo y acidez moderada. Puede encontrar, al menos, un ejemplo español (Viñas del Vero), un francés (Schlumberger) y un alsaciano (Hugel).
Muscadet. También llamada Melon de Bourgogne, esta fruta blanca que abunda en el Valle de Loira, cerca de Nantes, produce un vino ligero pero cremoso, con una gran mineralidad salina y una frescura excelsa que lo hacen ser el maridaje perfecto para ostras y mejillones. Aromas y sabores cítricos, así como de pera y manzana, se asocian con una nota muy especial que recuerda a la cerveza, proveniente de las lías (levaduras) sobre las que el vino se forma. Busque el ilustre Domaine Salmon Muscadet Sevre et Maine o el Domaine de la Bretonniere.
Gamay. La menospreciada uva del Beaujolais es una gran alternativa a los costosos vinos de pinot noir de la Borgoña. Frutal, lozana, ligera, con alcohol moderado. No deje que lo engañe la casi ausencia de pigmento: su color rubí traslúcido y brillante esconde una intensidad aromática sorprendente. Fresas, cerezas, grosellas, casi de golosina; un punto de especies y lo mejor del Viejo Mundo: alta mineralidad y suculenta frescura. En estos días llega el primer vino del año, el Beaujolais Noveau, que no recomiendo mucho, mejor busque alguno de sus “crus”: Moulin-A-Vent, Fleurie, Morgon.
Mourvedre. Esta variedad tinta tiene su origen en España, en donde se le llama monastrell. Mucho de todo: color púrpura profundo, casi negro, gran intensidad y cuerpo, mucho alcohol y mucho sabor. La también llamada mataró puede encontrarla en la típica mezcla GSM (grenache-syrah-mourvedre) del sur del Ródano (Chateauneuf du Pape) o Bandol, en otros vinos mediterráneos españoles (El Nido, Murviedro, Ponce, Casa Castillo, Juan Gil), florales, minerales, especiados, con bastante madera, o en algún ejemplo mexicano (Casta Tinta, Kerubiel).
Cabernet franc. Generalmente esta uva originaria de Burdeos se mezcla con merlot y con cabernet sauvignon, pero en el Nuevo Mundo ha resultado en un varietal magnífico. No es necesario hipotecar la casa para conseguir un Cheval Blanc o viajar lejos para hallar un Chinon o un Bourgueil, en México tenemos un excelente ejemplo, al menos, del Valle de Guadalupe (Emevé), y otro argentino magnífico (El Enemigo). Frutos negros, rojos y azules maduros, tostados de la barrica, notas herbales y minerales.
Ojalá se anime con alguno de estos vinos y si ya los ha probado, escríbame para compartir sus apreciaciones y sugerencias, pero ante todo recuerde que “cada día gallina, amarga la cocina”. Salud.
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