Váyanse acostumbrando

Creo que este país tiene problemas de mucha mayor gravedad que definir el lugar más adecuado para construir el nuevo aeropuerto de la Cd. De México. Me parece que el Lic. López Obrador está dilapidando el capital político que alcanzó el 1º de julio, en batallas que no atiende a lo que más preocupa y lastima hoy a los mexicanos, como por ejemplo los crecientes y trágicos niveles que está alcanzando la delincuencia en casi todo el país en toda la gama de los delitos más violentos: asesinato, secuestro, extorsión, robo y trata de personas. Me temo mucho que la cancelación del aeropuerto en Texcoco desatará una serie de consecuencias que le acarrearán al país daños y costos adicionales a los de tipo moral, humano, económico y social en que lo tienen sumido la delincuencia y la corrupción-impunidad.

Ahora se suman a esos problemas, el descrédito y la desconfianza que a nivel nacional e internacional se han desatado por la incertidumbre que suscita la medida adoptada por AMLO, y que abre grandes interrogantes a los inversionistas sobre la seriedad y certeza de los futuros acuerdos del nuevo gobierno. Porque, si existían sospechas de corrupción en los contratos actuales, ¿porqué dice que, para no afectarlos, se les resarcirá con más obra y más contratos en el aeropuerto que se piensa hacer en la Base Aérea de Santa Lucía? ¿Si se sabe que había corrupción en esos contratos, porqué no los cancelan y aplican a los responsables las sanciones que correspondan? ¿En lugar de sanción se les premiará con más contratos en Sta. Lucía?

¿Por qué se nos habla ahora de la nueva democracia participativa que promoverá el gobierno de AMLO, mediante las llamadas “consultas populares”, que no vienen a ser sino una forma mañosa de evadir la responsabilidad de un presidente de la república que ya había sido avalado por el voto popular necesario para tomar legalmente este tipo de decisiones? El voto libre y secreto es la mayor y mejor consulta al pueblo sobre un tema como el del aeropuerto que estaba anunciado claramente desde la campaña. No había ninguna necesidad política, ni legal de levantar esa farsa de consulta del pasado fin de octubre. Al contrario, creo que fue una ofensa a la inteligencia de los mexicanos.

Me parece que la parte más significativa del discurso de López Obrador el pasado lunes, al anunciar la cancelación del aeropuerto de Texcoco, al menos la parte que creo que llamó más la atención de su perorata, más que la cancelación del aeropuerto en Texcoco, fue el tono altanero, con que anuncia a los mexicanos un “nuevo” sistema político, en donde “él es quien manda”, que hizo recordar ese pasaje de la historia de Francia, en el contexto de la monarquía absoluta, cuando el rey Luis XIV, pronuncia la frase “El Estado soy yo”, ante el Parlamento de París, al ver los desacuerdos frente a la aprobación de sus edictos, ya que esperaba que fuesen aceptados sin cuestionamientos.

Con frecuencia él y los morenos en general, invocan el resultado electoral que lo llevará el 1º de diciembre a ocupar el sillón presidencial, con una mayoría absoluta del 53%, como si eso fuera suficiente para garantizar el acierto de sus decisiones. Como si ese resultado electoral le hubiera dado una especie de santidad política como para hacerlo infalible y burlar la ley al hacer irrebatibles sus decisiones. Pero México no es una monarquía. No puede ser así en un sistema que se quiera llamar democrático. El triunfo electoral por amplio que pueda ser, no exime a AMLO de cumplir la ley y en este caso, la que aplica para las consultas, como es el artículo 35 constitucional que define los términos y requisitos para que una consulta pública, tenga fuerza legal, que señala que serán convocadas por el congreso de la Unión a petición de: a) el presidente de la República, o b), el equivalente al 33% de los integrantes de cualquiera de las dos cámaras o, c), Los ciudadanos en un número equivalente al menos al 2% de la lista nominal de electores. La supuesta consulta de AMLO, no cumple ninguna de esas 3 condiciones.

Independientemente de que la decisión de cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la Cd. De México, sea o no la acertada, el tema de las consultas al pueblo para que sea él el que decida los asuntos más importantes de la vida del país, tiene un fuerte tufillo de engaño, de trampa, porque el resultado de una consulta puede variar totalmente dependiendo de muchos factores, como por ejemplo, la forma en que se planteen las preguntas, nombre de quienes las redactan, la magnitud del universo a consultar, en qué zonas del territorio nacional se instalan las urnas, el perfil de los que votan, la solvencia técnica y moral de quienes estarían al frente de cada casilla de votación, los controles para garantizar la transparencia en el resultado, etc., etc.

Y resulta aún más preocupante la expresión de López Obrador con tono de amenaza, de “váyanse acostumbrando” porque de aquí en adelante, con el nuevo gobierno, cada vez serán más frecuentes, “para que tengamos una verdadera democracia participativa en la que el pueblo sabio será tomado en cuenta, será consultado una y otra vez para resolver los asuntos públicos”. Más o menos, de ese tenor fueron algunas de las frases de su discurso de la mañana del lunes 29 pasado, que no anticipan nada bueno para nuestro país. Las consultas también pueden ser usadas para eludir la responsabilidad del gobernante que, manoseando la consulta, obtenga el resultado que él desea, para colocar en las espaldas de los ciudadanos, el peso de una decisión difícil o impopular.

“Mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes”, reza el refrán popular. Creo que con el estilo arrogante que nos mostró en su discurso del lunes pasado, a un mes de tomar posesión, AMLO está exhibiendo ya sin tapujos, sin la máscara de su “amor y paz” de la campaña y de su “República amorosa”, que todo eso ya quedó atrás, en el almacén de los disfraces; en el catálogo de los engaños de la campaña. Veremos de aquí en adelante una soberbia que no le resultará buena consejera para gobernar a éste país de casi 130 millones de almas que siguen clamando por justicia y paz, con respeto a sus derechos y a su dignidad de personas. No presagian buenos tiempos para las libertades de expresión llamar “fifis” a los periodistas que lo critican, ni tampoco llamar deslealtad democrática a quienes cuestionan sus decisiones, o conspiradores contra la democracia si dudan de las maravillas de la cuarta transformación. Maniqueísmo puro. Los buenos son solo los que me aplauden.

Termino diciendo que resulta muy repudiable la decisión de invitar a Maduro a la toma de posesión de AMLO. Maduro es un asesino que está matando de hambre y de pesar a su pueblo. Que ha hecho que abandonen su país muchos millones de venezolanos huyendo del hostigamiento y la persecución de un déspota sin conciencia. Si AMLO lo invita, abonará aún más a que el mundo lo vea como cómplice de la desgracia de ese pueblo. Parecido al hombre que observa, ve y escucha al vecino maltratar rudamente a su propia familia y ni siquiera tiene el valor de denunciarlo.

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