La desaparición progresiva de los contrapesos en México, de la autonomía de las instituciones y de la persecución contra toda voz que disienta o critique los fracasos y errores del régimen, plantea para los Estados Unidos una paradoja digna de la peor literatura burocrática. Tener un socio comercial cada vez más indispensable en la nueva geopolítica hemisférica y, simultáneamente, cada vez más difícil de verificar.
Washington puede celebrar capturas, operativos conjuntos, entregas de criminales, decomisos, fotografías y halagos de la cooperación bilateral e incluso contabilizarlas cuidadosamente presentándolas como la evidencia de que la relación bajo el hard power funciona.
El pequeño inconveniente —casi un detalle administrativo, aparentemente— es que detener narcoterroristas no equivale a impedir que el poder político quede fuera del alcance de la rendición de cuentas.
Si los organismos de transparencia se debilitan, los controles institucionales pierden autonomía, la justicia sirve con obsecuencia y gracia a los de casa y la fiscalización del poder se vuelve progresivamente menos eficaz, el gobierno estadounidense corre el riesgo de recibir aquello que cualquier potencia preferiría evitar de su vecino estratégico: resultados sin garantías, cooperación sin verificabilidad, verdades a medias y confianza sin auditoría.
La democracia en estos tiempos transformadores está en un proceso serio de deterioro y para Trump el problema ha dejado de ser una discusión académica sobre la calidad institucional de su vecino para convertirse en algo más incómodo: Un problema de seguridad nacional, regional y hemisférico sentado literalmente en tres mil kilómetros de frontera. Más allá de los discursos diplomáticos elogiando la extraordinaria cooperación bilateral en los objetivos prioritarios generadores de violencia, la geografía tiene la desagradable costumbre de no respetar los comunicados de prensa.
La democracia mexicana no constituye para Washington un elegante lujo normativo que pueda defender cuando resulte conveniente y archivar cuando aparezca un capo importante esposado, sino que es parte de la infraestructura estratégica de la relación bilateral.
La ironía es exquisita si las consecuencias de la destrucción de instituciones, el aplastamiento de la oposición y embates a la prensa crítica no fueran tan serias.
Washington necesitará más cooperación por parte de Sheinbaum justo cuando tiene menos razones institucionales para confiar en este régimen.
Por ello empezó a vigilarlo.
Esa cruda realidad del crimen transnacional con los abrazos de Morena que no necesitó conquistar todo el Estado. Le bastó tener el picaporte correcto y procurar que nadie conservara las llaves para abrir desde afuera. De ahí que las (pre)ocupaciones estadounidenses sobre los narcopolíticos y las reformas mexicanas hayan alcanzado el ámbito del T-MEC y la certidumbre para inversionistas.
En el marco del nuevo orden mundial y la geopolítica regional no conviene bajo ningún cálculo estratégico serio un México cada vez menos democrático. Un actor menos previsible, verificable y más vulnerable a la captura criminal. Y la erosión democrática rara vez se anuncia como autoritarismo. Suele presentarse como justicia, depuración institucional o defensa del pueblo, bueno y sabio, mientras se van neutralizando a quienes incomodan al poder.
Y en Washington este escenario es ya motivo de alerta y preocupación. Y la retórica no tarda en dejar de ser gratis.
@GomezZalce