Vemos lo que queremos creer. Así fue como Errol Morris resumió un relato de Robert McNamara sobre un incidente en el Golfo de Tonkin en 1964. Le cuento rápido porque el propósito de este texto es otro: La noche del 2 de agosto de ese año, se recibió un reporte de que la embarcación USS Maddox habría sido atacada con torpedos provenientes de embarcaciones norvietnamitas mientras navegaba en aguas internacionales. En las horas subsecuentes a este presunto ataque, la información que circulaba entre los oficiales del Departamento de Defensa de Estados Unidos era contradictoria, no había datos contundentes que demostraran la existencia de este ataque; los radares detectaron torpedos, o bien pudieron haber sido peces. No obstante, la respuesta bélica del presidente Lyndon Johnson no se hizo esperar.
Robert McNamara fue Secretario de Defensa de Estados Unidos durante el periodo de 1961 a 1968 (durante la administración de John F. Kennedy, la guerra fría, la crisis de los misiles cubanos, la guerra de Vietnam entre otros episodios), después se fue a presidir el Banco Mundial hasta 1981. También había sido Presidente de la Ford Motor Company. Algo sabía sobre toma de decisiones. Con la autoridad que otorga la experiencia, McNamara advierte que la toma de decisiones no debe basarse en el juicio simple de las percepciones (o peor aún, de las emociones), sino más bien en el más racional análisis de los datos. Esa fue la mayor crítica que se le hizo a McNamara desde el mundo de la política ortodoxa. La política es corazón, no siempre razón.
Traigo las enseñanzas del señor McNamara a propósito de algo que no termina de cuadrar en el sistema de toma de decisiones de la política en nuestros días. Hay una corriente de pensamiento que sostiene que el ejercicio de gobernar -que ya hemos dicho anteriormente es muy distinto a administrar o a hacer campaña- implica un análisis objetivo de los hechos y los fenómenos sociales a partir de los datos y evidencias incontrovertibles que demuestran el estado de una determinada situación. Es decidir basados en evidencia, tal como se espera de cualquier profesional. Como por ejemplo, el médico; soy de la idea de que obtenemos la salud gracias a un tratamiento prescrito basado en un diagnóstico objetivo. Lo otro es tanteo o peor, charlatanería.
Otros enfoques señalan que la interpretación de los hechos observados depende del sistema de valores, principios o ideologías de quien analiza y/o toma decisiones. Aquí es donde nos estamos atorando desde hace varios años. A pesar de contar con elementos de información más o menos sólidos que demuestran que existe un problema, o que un programa público funciona; en apariencia, la toma de decisiones sobre los problemas o los programas públicos no parece responder a esa realidad sino a la interpretación que se hace de la misma.
Donde unos ven sociedad civil organizada, otros ven corrupción. Donde unos ven ciudadanía, otros ven clientelas electorales. Donde unos ven autonomía, otros ven libertinaje. Donde unos ven división de poderes, otros ven simulación. Donde unos ven autoritarismo, otros ven soberanía. Donde unos ven fines, otros ven medios.
Esta es una invitación a honrar un compromiso ético con la verdad a través de la honestidad intelectual. Si en realidad hablamos de democracia entonces debemos tratar a la ciudadanía con madurez política. Ninguna manipulación discursiva, ninguna apología, ningún matiz informativo vale el papel en el que está escrito si tiene como propósito deformar una realidad contundente. Es verdad que la política funciona con el corazón, pero la responsabilidad pública obliga a la razón.
Lyndon Johnson quiso ver torpedos donde no los había.
Twitter. @marcoivanvargas