En la habitación número 210 del Motel Kamawa la damisela se sorprendió al ver que en el atributo que su galán se disponía a usar tenía tatuado el dibujo de una cigüeña que llevaba por el aire a un bebé. “No hagas caso -le dijo el tipo a la muchacha-. Mi esposa hizo que me tatuaran eso ahí dizque para asustar a mis posibles amiguitas”... La mamá de Dulcibel quería enseñarla a cocinar. Le dijo: “Al hombre se le conquista por el estómago”. Acotó ella: “Mi novio tiene aspiraciones más bajas”... El señor llegó al domicilio conyugal en hora ya avanzada de la noche. Desde el lecho su esposa le reprochó, severa: “¿Qué horas de llegar son éstas?”. Con otra pregunta respondió el señor, furioso: “¿Qué hace ese individuo en mi cama al lado tuyo?”. Ripostó la señora: “No me cambies la conversación. ¿Qué horas de llegar son éstas?”... Un pordiosero en el último grado de la miseria tuvo la buena suerte de encontrar una cartera que a alguien se le había caído. Se embolsó los billetes: la necesidad carece de ley, o como el pueblo dice más expresivamente: la necesidad tiene cara de hereje. El pedigüeño se dirigió de inmediato a su paupérrima vivienda, feliz por el venturoso hallazgo. En el camino pasó por la casa de mala nota del lugar. Al hacerlo sintió una cierta conmoción en la entrepierna. Le habló a esa parte de su cuerpo y le dijo con rencoroso acento: “Desgraciada. ¿Cómo sabes que ahora sí traigo dinero?”... Don Chinguetas y doña Macalota sostenían su enésima riña conyugal. Clamó ella: “¡Me voy a la casa de mi madre!”. Replicó él: “Hace cinco años que tu madre vive con nosotros”. (Al parecer ya no iba con ellos el antiguo dicho según el cual “Conyugales desazones se arreglan en los colchones”. En efecto, unos recién casados tuvieron una diferencia, y se fueron a la cama sin hablarse. En la oscuridad, al poco rato, ella puso la mano en cierta región de su marido. Le dijo él: “¿No que estás enojada conmigo?”. Replicó la joven esposa: “Contigo sí, pero con ella no”. Dos axiomas debe recordar la desposada. El primero: “El todo es mayor que una de sus partes”. El segundo: “Lo accesorio sigue la suerte de lo principal”)... Las revistas mexicanas consideradas porno de mediados del pasado siglo -”Vea”, “Pigale”, “Vodevil”- usaban repetitivamente un término del vocabulario equino para referirse al trasero de las damas, añosas y entradas en carnes las más de ellas, cuyas fotografías llenaban las páginas de esas publicaciones que ahora nos parecerían ingenuas. Esa palabra era “grupa”. “La hermosa Farfarela tiene grupa de potra arábiga”. Pues bien: Rasita, linda chica en edad de merecer, no estaba sobrada en esa comarca de su anatomía. Caso bien diferente al de Pompeta, dueña ella sí de amplias prominencias posteriores. El día de sus bodas Pompeta sorprendió a los invitados cuando al salir del templo se levantó las faldas y le mostró esas cualidades a un novio que había tenido, y que había roto la relación con ella. Le dijo: “Pa’ que veas de lo que te perdiste, pendejo”. No así Rasita. Apenas tenía lo necesario para sentarse. Aun con esa falta se las arregló para conseguirse un galán y llegar con él al altar, aunque ciertamente no era ahí a donde el desposado quería llegar. La noche de las nupcias, terminado el primer acto de amor, él le dijo a ella: “Cuando regresemos al pueblo, mi vida, te pediré que todos los días vayas a la tortillería”. “¿Para qué?”, se sorprendió Rasita. Dijo él: “Para que hagas cola”. (Le habría sido útil a ese tipo el consejo que mamá Lata, doña Liberata, abuela mía, daba a sus hijos en edad casadera. Les decía: “Hijos: la mujer por lo que valga, no por la nalga”). FIN.