La primera opción: un pretexto. La segunda: la verdad.
La segunda trae consecuencias inmediatas.
La primera también pero no demasiado pronto.
Elegimos la primera dejando para después el destino que estamos escribiendo nosotros mismos.
Nos encontrará a la vuelta de la esquina y lo confundiremos con el karma o se achacaremos a la voluntad de Dios.
Algunos justifican así su actuar.
Otros simplemente lo admiten con envidiable cinismo.
Algunos sintiéndose especiales, toman tribunas y enjuician a los que no piensan igual.
Guacamayas, borregos y gansos desde su animalidad, aplauden.
Una corriente de reciente bienestar hace cambiar de opinión y también de principios.
La lealtad a la verdad se olvida y se suplanta por un oportuno clientelismo.
Surgen así nuevos condes y varones.
También nuevas meretrices e ´influencers´ con corte medieval del tiempo del feudalismo.
Para entenderlo no es necesario leerlo aquí o cursar un posgrado.
Solo hay que entender que la pirámide se invierte como se cambia un reloj de arena.
Alguien en el más allá o en el infinito se divierte viendo las guerrillas y batallas callejeras.
Todo por un reloj, unos tenis de marca o una casa en un loma o “en el otro lado”; ahí donde el petróleo es propiedad privada del suelo que se habita o se compra para explotarlo.
Aumentan los asalta caravanas y la aspiración es convertirse en capo de algún barrio o territorio.
Nunca más convertirse en señorito letrado, en gran señor de los que antes se anteponía el “Don” para mostrar respeto o admiración.
En Don ha mutado su significado y se parece mucho al que miente mejor y saca más provecho.
Por eso la verdad no es nunca más la primera opción de muchos.
Mentir y embaucar nunca antes tan populares encabezan el top ten de las prácticas sociales y comerciales
La segunda opción se ha convertido en la primera en una carrera de “ahora o nunca” o de “sálvese quien pueda”.