“Estar contigo y no estar contigo,
es la única manera que tengo de medir el tiempo”.
Jorge Luis Borges.
Salimos muy de tempranito, aunque demoramos un poco con la dinámica de mi padre, la puesta de la chamarra, el casco y el intercomunicador para emparejarlo con el mío. Por otro lado, algunos temas de divergencia respecto a los colores de la chamarra, muy llamativa, me decía. Pues de eso se trata mi viejo de que nos vean, le dije. En fin, llegamos a un acuerdo, él usaría la negra con reflejantes y yo la roja con franjas azules. Con respecto a los cascos, pues ahí si ya no había de otra, solo había dos cascos y uno era de su medida, el verde fluorescente.
Pasamos a la primera gasolinera rumbo al este del camino, donde aprovechamos para tomarnos un café de olla con pan de pueblo, de ese que casi ya no se encuentra con conchas suaves y esponjosas con la costra crujiente de azúcar, de manteca y harina, como debe ser.
Me decía mi padre muy serio y a la vez con esa chispa que le caracteriza, entre sarcástica y burlona, -no hubiera sido más fácil y cómodo habernos venido en auto, bueno hasta con chanclas me habría venido, con aire acondicionado, oyendo música-. -Pues que te diré papá, acá vamos con aire sin condiciones, libres para todos los puntos cardinales, con botas calientitas y oyendo al viento de que de vez en cuando susurra desde lo alto de las montañas-. Tú aguanta jefe, relájate y disfruta el viaje.
Empezamos a rodar, meterle gas y kilómetros a la alemana, mi padre platique y platique, como buen conversador que es, maravillado en su primer viaje en moto con su hijo. Esas charlas amenas, sin pretensiones, agradables, chistosas y bastante ocurrentes respecto a personajes de la familia. El sentido del humor de mi padre, era brutal, sus anécdotas eran de otra dimensión y la vejiga se contraía forzosamente por la risa.
Me contó cómo conoció a la que ahora es mi madre, de cuando yo nací y que a los pocos días me estaba muriendo de cólicos, a decir de mi padre fue porque mi madre comía muchos chiles. Un tal doctor Acosta le sentencio: Sí el niño llega a navidad la libra, si no, pues… Y sí pase la navidad (si no, quién escribiría esto), y muchas más.
Oye jefe, ¿Por qué no me pusiste tu nombre? Yo quería, pero tu mamá no. Fue todo su comentario. Me platicó que de crío era yo muy latoso y chillón en las noches, era un calvario dormirme, tenía que sobarme la espalda para que me jeteara y sí dejaba de hacerlo empezaba a llorar, hasta que una noche él estaba cansado y que me planta una nalgada, no pues, más lloré y él me cuenta que también empezó a llorar conmigo.
Y así, platicándome, entre cerros, llanuras, curvas, precipicios y montañas con niebla, rodamos. le dije, que estaba muy feliz de que te hayas animado a venir a este viaje papá, no sabes cuánto lo valoro, espero que haya otros más. Mi padre ya llevaba un rato callado, no decía una palabra. Por esas raras cosas del remordimiento, le pedí disculpas por haberlo ofendido y mis faltas de respeto a su persona. Le dije que lo envidiaba, que me hubiera gustado tener su carácter, su voz (canta re te bonito), su sonrisa, su simpatía, en fin.
Me callé, respete su silencio y así continuamos rodando por un buen tiempo, se me hacía raro que no pasara el tiempo, parecía la misma hora siempre, ralentizado, un día largo y luego un silencio total y ya al atardecer muy de repente en el horizonte, oí su voz muy lejana decirme. -No te preocupes, hijo-.
TAPANCO: Paré a la orilla del camino, y estaba completamente solo, mi padre había partido de este plano hace quince años, en el caribe mexicano, viendo nacer el sol. Hoy sé, que ya no viajo solo en moto, de una u otra forma él va también. Feliz cumpleaños viejo y día del Padre.
X @franciscosoni