He de confesarle, caro lector, que entre las bodegas europeas que hacen los vinos más tradicionales del mundo, los vinos más clásicos, una de las que tienen un lugar amplio en mi cava (por lo tanto, en mi corazón) es La Rioja Alta, S.A. Y entre los vinos de esta casa, el de mejor relación calidad/precio es, si me presionan a elegir uno, el Viña Ardanza. Un Reserva que tiene tratamiento de Gran Reserva y precio de Crianza, a pesar de harse incrementado éste significativamente en los últimos años. Probablemente el mejor vino de su clase en el mundo.
Pues bien, Viña Ardanza cumple su aniversario número 82 y para celebrarlo, descorchamos –gracias a grandes amigos que son pura generosidad y clase– uno de los tres “Reserva Especial” que han existido en toda su historia, junto a 1973 y 2001 (2010 cambió a “Selección Especial”), la cosecha mítica 1964, con nada más y nada menos que 60 añitos. Esta botella fue simplemente mágica, uno de los vinos más emocionantes que he probado en los últimos años.
El nombre de la viña proviene de una de las cinco familias fundadoras de la bodega en 1890. Entre los estilos importados de Francia en esta época finisecular, el Ardanza se convirtió en un riojano de inspiración borgoñona: de allí la forma de la botella y el estilo fresco, elegante, especiado, complejo y muy longevo. Aunque las añadas más recientes, especialmente a partir de 2008 (en donde se incorpora fruta de una nueva parcela de garnacha, La Pedriza, que más parece un pago de Chateauneuf du Pape por sus suelos pedregosos que un sitio de la Rioja), tienen un carácter más frutal y moderno, el estilo sigue siendo fiel a su historia.
Recuerdo otras añadas que catamos recientemente, en donde preferí los más viejos, 89 y 94, no sólo por mi gusto personal, sino porque, sorpresivamente, fueron los vinos que menos parecieron acusar el trajín de la transportación, pues venían directo de la bodega. Generalmente sucede lo contrario, los jóvenes parecen verse menos afectados por el movimiento previo cercano al descorche. En esa ocasión las añadas 2001 y 2004, vinos que he catado en múltiples ocasiones a través de los años desde que salieron al mercado, me parecieron por debajo del nivel acostumbrado. Estaban fantásticos, no quiero decir otra cosa, sólo que son vinos que, en mi experiencia y apreciación, son aún mejores de lo que se expresaron entonces.
El 2015 promete grandes cosas, pronto estará en el mercado, caro lector, por lo que no lo piense dos veces y haga un esfuerzo para hacerse de un par o las botellas que pueda permitirse. Es ya una delicia y lo seguirá siendo en su evolución de al menos tres décadas. Confíe en mí: a sus cuarenta y sesenta estos vinos se habrán convertido en una maravilla.
En otra oportunidad, intercambiando ideas con Julio Sáenz, el enólogo, sobre la cuestión de la decantación, él recomendó nunca hacerlo con un Ardanza para ver cómo va evolucionando en copa. Por el contrario, yo decantaría las botellas de este siglo, pues siguen estando muy jóvenes y, a menos de que la botella se consuma entre 2 o 3 combibeles, no habrá oportunidad de seguir esa evolución durante la cata. En fin, seguramente él está acostumbrado a descorchar una mágnum para disfrutarla a través de una entera, plácida y riojana tarde de marzo. Qué envidia. La misma que Julio debe de sentir de que hayamos bebido este sexagenario en su plenitud hace unos días.
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