Vino radiactivo

El vino es tan fiel reflejo del clima, del suelo, de su geografía, que cada añada que se embotella lleva dentro la huella de lo que rodeó al viñedo y a la bodega en el tiempo en que las uvas o el mosto permanecieron en ellos. Así sucede que algunos vinos de 2017 y 2018 de la Costa Norte de California presentarán en el futuro una “mancha de humo”, debido a que durante el envero (cuando los racimos cambian del verde a los tonos morados o amarillos) fueron afectados por los incendios cercanos. Este fenómeno habrá sellado estas añadas con sus indeseables aromas y sabores cenizos para siempre.

También en California —tierra de desastres tan cinematográficos/ y tan reales, tierra, también/ de tantos atributos naturales— y en la Baja California nuestra —viñedo y olivar/ fuente de mar/ postal digna de Esplandián (y de Hugo D´Acosta)— la crisis atómica que desencadenaron en Japón el terremoto y el tsunami de 2011 ha dejado su impresión en los vinos de estas regiones tan aparentemente lejanas del lejano Oriente. La marea invisible proveniente de Fukushima cruzó todo el Pacífico y procedió a alojar en estas tierras californianas sus partículas radiactivas.

Pero no entres en pánico, caro lector, si tienes una caja guardada de Screaming Eagle 2011, las proporciones absorbidas de estos isótopos por el sublime jugo de uva son absolutamente inofensivas para nuestra salud, mas no insignificantes para datar un vino, como han comprobado recientes estudios franceses: en botellas antiguas podemos encontrar rastros de las pruebas nucleares de la antigua URSS, por ejemplo.

La semana pasada tuvimos la oportunidad de catar un par de burdeos de 1986. Magníficas botellas de Leoville Las Cases y de Le Tertre Roteboeuf. El 26 de abril de aquel año, recordarás, la estupidez y la vanidad humanas se las agenciaron para hacer explotar el núcleo de un reactor nuclear, esto produjo una nube radiactiva que afectó durante días a casi toda Europa (España, que entonces se movía al ritmo de las caderas de Martha Sánchez y su “Bailando sin salir de casa”, quedó impoluta detrás de los Pirineos), entre la desinformación y el pánico de sus habitantes, entre ellos, sus viticultores.

Así como aún no hemos visto lo último del desastre multinivel que resultó ser Chernóbyl, uno de los peores en la historia en cuanto a sus consecuencias entre víctimas humanas, animales y ecológicas, tampoco hemos visto, en un sentido mucho menos ominoso, lo que estos vinos de Burdeos tienen que decir en su madurez, algunos ya vejez, pues ambos ejemplares estaban en excelentes condiciones para su edad.

Quizás nadie imaginó (y esto es un tanto tenebroso) entre los que estábamos reunidos disfrutando esas botellas, que al descorcharlas, oler ese magnífico perfume y degustar esos sabores divinos, estábamos respirando, aunque fuera en proporciones atómicas, ese mismo aire salpicado de uranio, ingiriendo esa misma mezcla de venenos que provocaba el último sabor que las víctimas del estallido experimentarían en su vida, ese saborcillo ferroso que anunciaba el arribo metalúrgico de la muerte. Gajes del enófilo.

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