“...Soy cantor, soy embustero; me gusta el juego y el vino; tengo alma de marinero... Qué le voy a hacer, si yo... Nací en el Mediterráneo; nací en el Mediterráneo...” Algo así cantaba ya Joan Manuel Serrat antes de que yo naciera. Desde entonces ha cambiado mucho la forma en que el mundo ve a los vinos mediterráneos.
Hace 40 años las cartas de los grandes restaurantes del mundo tenían en sus columnas vinos bordeleses, borgoñones, sparnaciennes, piemonteses, quizás riojanos, pero sería más difícil encontrar uno de Valencia, del Priorat, incluso algún ejemplo de Chateauneuf du Pape. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que el Mediterráneo sea un escenario nuevo para la producción de vinos de calidad, más bien al contrario.
Fueron cartagineses, helenos, romanos, levantinos, quienes llevaron en sus periplos marítimos la vid y los vinos criados en las cercanías de sus costas a nuevas longitudes. Las riberas norteñas del Mediterráneo han sido una segunda cuna histórica del vino, incluso más trascendente que la primera, en el Cáucaso. Y si sus litorales africanos no tienen ahora un lugar insigne es por cuestiones más sociales y religiosas que propiamente vitícolas.
Una de las regiones mediterráneas en donde se ha cultivado la vid por los siglos de los siglos es la que hoy ocupa la Comunidad Valenciana. En España, junto con las denominaciones de origen catalanas y las murcianas, los vinos valencianos destacan dentro de este panorama que llamamos ahora “vinos mediterráneos”. Aunque las características que generalmente tienen estos vinos españoles, franceses, italianos, croatas, griegos, etc., pueden presentarse en otras regiones del Nuevo Mundo, los vinos auténticamente mediterráneos comprenden una variedad de estilos muy interesante y algunas de las mejores etiquetas del mundo en cuanto a relación precio/calidad.
Tuve una nueva oportunidad de catar recientes añadas de estos caldos valencianos que representan muy bien las virtudes de los vinos de enmedio de las tierras, Murviedro, una bodega muy seria que se enfoca en vinos intensos, equilibrados y asequibles, sin embargo, también crían etiquetas de un nivel muy alto y mucha personalidad.
Cuentan con una botella llamada “La Casa de la Seda” que contiene un tinto de la uva típica de la región, la bobal, que sólo recientemente ha sido destinada a vinos varietales de calidad, pues los enólogos no tenían mucha confianza en su desempeño por sí misma a estos niveles; no obstante, el resultado es muy bueno: un bobal concentrado, intenso, con un trato de madera prudente, equilibrado, serio. Proviene de un solo viñedo de más de 70 años y cada una de esas parras da fruta para llenar ¡una botella y media! Te imaginarás, caro lector, la sustancia que esto aporta al vino.
Luego caté el Sericis (<sedoso> en latín). Esta crianza es también varietal, pero de la otra uva más representativa de la zona: monastrell (mourvedre o mataró). Los vinos de monastrell en España, o mourvedre en Francia, EUA, Chile, o Mataró en Australia, han tenido un resurgimiento increíble porque generalmente provienen de viñedos muy viejos con rendimientos bajos y calidad muy alta. Súper expresivo, intenso y balanceado, funciona perfectamente como modelo internacional de esta uva que le recomiendo seguir de cerca. Me encantó.
La bodega Murviedro tiene un portafolio muy extenso, hace también vinos más tradicionales con tempranillo o con cabernet, buenos blancos y espumosos o de aguja. Probé sus reservas y quedé gratamente impresionado. Como siempre, caro lector, recomiendo en este espacio que se dilaten sus horizontes vitícolas: si no ha probado estas uvas levantinas, no tarde en hacerlo, en la comparación está el criterio.
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