Vísperas

Llegamos a estas fechas en una emoción que se confunde -o se diluye o se exacerba- conforme llenamos una lista de “to-does” en vísperas del 24 de Diciembre. Imaginando menú, adornos, contando sillas y mesas, comparando proveedores, evaluando si vale la pena cocinar en casa o si mejor recurrimos a las amigas que se pusieron innovadoras en los últimos años y se han vuelto expertas en preparar banquetes familiares para fechas como las que se avecinan, se enmarcas estos días

En paralelo aprovechamos para agendar reuniones, cenas y desyunos con viejos compañeros de trabajo cosechados en el camino, con amigas de la infancia, compadres y comadres, cuñados de concuños y celebraciones en zoom para cierres de cursos o -line o con las personas queridas que no podrán viajar para pasarla en familia.

Sumado a lo anterior, venimos participando de una secuencia de seudo-gripas, faringitis y afonías, febrículas  y otros males parientes de la influenza, el COVID 19 y la gripa del camello que se confunden con antiguos catarros o que en el proceso del siglo XX , han cambiado de nomenclatura para ganarse una casilla no en la tabla periódica de los elementos, pero en una de los padecimientos más recurrentes de este 2022 y sus dos antecesores: el 20 y el 21.

Venimos desde la gripa aviar -o apiar depende de quien lo pronuncie-, hasta las neumonías y nuevas secuelas que se han derivado de virus asiáticos o africanos indicándonos que la globalización es más que un término para transacciones comerciales entre los países de primeros o terceros mundos y que estamos inevitablemente conectados y que la contaminación en un pequeño rincón del mundo puede esparcirse por los cinco continentes y el más allá, en un descuido.

Todo ello, consume nuestras horas y cuando llegamos al momento de apagar la luz de otro día transcurrido, nos damos cuenta de lo inadvertido o de la poca atención que ponemos a las cosas esenciales, si de temporada navideña se trata. Así que hoy, en vísperas de las vísperas de las vísperas, acompañemos estas líneas creando un agradecimiento por lo vivido y lo pasado. Por lo que viene y lo que no volverá, por la familia que nos rodea y los que nos dieron vida y se fueron en ese camino incomprensible.  

Lo hago aquí porque creo que no me alcanzarían los días previos al fin de año y la navidad, para levantar el teléfono o escribir un agradecimiento personal a las personas con las que he coincidido y que ocupan espacio en mi memoria y en mis experiencias. Compañeros de colegios, universidades, hermanos, sobrinos, jefes buenos y no tan buenos; mal educados y pedantes. Todos han dejado su lección, que si bien en su momento no fue bien recibida, poco a poco la vida da oportunidad de tener perspectiva y agradecer una mala cara, un desaire o un agravio. A los maestros más gritones, los pellizcos de las monjas, las expulsiones de un salón, el regaño por una mala calificación, las pequeñas mentiras, el silencio o la indiferencia.  Todo forma un repertorio que permite tomas decisiones, o alejarnos de esas personas, o entender sus razones. Y aunque el agradecimiento no implique un acercamiento, al menos trae consigo, una reconciliación personal con uno mismo que nos permite avanzar y dejar de tomar atajos y rodear aquello que nos pueda dañar y lastimar.

Gracias a quienes leen esta columna, los que encuentro y me dicen que no me entienden y los que leen y nos les gusta o que ni siquiera hacen el intento y me lo dicen…como mi hermano. Así me recuerdan que cada cabeza es un mundo y que no todos piensan como yo, porque en mayor o menor grado todos creemos tener la razón de cualquier cosa.

Gracias a este periódico y a los responsables de esta sección por nunca recortar o eliminar ni la mitad de una línea o de una palabra. Espero que sean días de tranquilidad en los que se pueda recordar nuestro lugar como seres humanos y hacernos responsables de nuestro planeta como si fuera el patio de nuestra casa.

¡Feliz Navidad a todos!