En un breve pero sustancioso artículo, Silvia López escribió que Zelda Fitzgerald había vivido en llamas para morir calcinada. La metáfora es bella y precisa, pero además puede aplicarse a muchas mujeres, cuyo talento abrasador no encuentra cauce y las acaba consumiendo.
Recuerdo bien a cierta mujer ahora ya entrada en la tercera edad. Según contaba, desde joven sabía que el hombre al que llamaremos Francisco, sería el amor de su vida. Lo conoció en la universidad, mientras ambos estudiaban. Al ser una de las pocas mujeres de la época en una carrera que todavía era considerada como varonil, ella, a quien llamaremos Catalina, vivía en constante presión por ser tomada en serio. Su cerebro trabajaba bien, era lista, memoriosa, incisiva. Él establecería después su práctica profesional en el ámbito privado mientras ella se dedicaría al servicio público. Sin embargo, por todos era sabido que Francisco se deleitaba en tomar practicantes jóvenes y guapas en su negocio, para después pretender integrarlas a una larga lista de infidelidades. Catalina, que no era ni tonta ni ciega, sabía de los affaires y los dejaba pasar, bajo pretexto de amor infinito y que “así son los hombres”. Mucho se rumoraba que los asuntos de Francisco eran exitosos gracias al siempre disponible cerebro de Catalina. Se decía incluso, que ella, tal y como lo hacía en las épocas universitarias, seguía haciéndole la tarea. Ella más bien lo veía como el aporte amoroso hacia su matrimonio, el fiel que mantenía la balanza estable con su marido. Sin embargo, a pesar del éxito profesional o quizá por eso, Francisco se volvió agresivo con ella. Sus comentarios, dichos abiertamente ante cualquiera e incluso frente a ella, eran denigrantes, vulgares. Ella decía que todo aquello era dicho en broma, porque se querían.
Cuando Fitzgerald estaba terminando de escribir The Beautiful and Damned, el New York Tribune le pidió a Zelda escribir una reseña del libro, algo para tentar al lector a comprarlo. Ella escribió: “Me parece que en una página reconocí un fragmento de un diario viejo mío, el cual misteriosamente desapareció poco después de mi boda y, también fragmentos de una carta, la cual, considerablemente editada, me resultó familiar. De hecho el señor Fitzgerald — me parece que así es como escribe su nombre— parece creer que el plagio comienza en el hogar.” Algunos académicos indican que la cita era broma, que si bien Fitzgerald había usado párrafos del diario de Zelda, lo había hecho con su consentimiento. Otros indican justo lo contrario: Zelda se enteró al momento de leer el libro. Lo cierto es que la ironía de la reseña indicaba un dejo de natural resentimiento.
Años después, mientras Zelda escribía su única novela publicada, Save me the Waltz, con tonos autobiográficos, Fitzerald enfureció ya que al mismo tiempo él escribía Tender is the Night, también con trazos autobiográficos, y con algunas anécdotas que se repetían. Fitzgerald obligó a Zelda a omitir páginas completas que se mencionaban en ambos libros. A fin de cuentas, él era el escritor famoso, y ella únicamente su esposa. La novela de Zelda fue publicada, pero resultó débil e inconsistente, causando que la inestable salud mental de la autora se precipitara en picada.
Catalina ha tenido una vida profesional en ascenso. Reconocida en su ámbito, quizá su único pecado hasta ahora sería que no ha querido retirarse y me dicen que se ha vuelto necia con la edad. Continúa casada con Francisco, a quien la edad ha medio domesticado, aunque sigue siendo el mismo hombre hiriente que disfruta degradando a su mujer con comentarios “en broma” que ella sigue tolerando.
Zelda Fitzgerald murió calcinada en el hospital psiquiátrico donde estaba recluida. Un incendio en la cocina del lugar se expandió por un ducto que llegó a la habitación donde Zelda esperaba terapia. Ella y otras siete mujeres perecieron en el accidente. La primera flapper, la original it girl, murió como vivió, entre llamas. Sin embargo, de las cenizas queda rescatar todo aquello que pudo ser sin su marido, todo lo que la época en que vivió no le permitió.
Nadie controla los años en los que nace, pero bien que por lo menos ahora, podemos elegir cuerdamente la pareja con la que estamos y los límites que definan donde empieza uno y termina el otro, alejándonos de romanticismos absurdos y decidir cuando sea necesario poner punto final a una relación nociva para ambas partes. Ese es uno de los regalos que las mujeres de generaciones anteriores nos legaron para no tener que vivir a la sobra de nadie, aunque ese alguien sea Scott Fitzgerald.
Catalina y Zelda. Vivir en llamas. Evitar la ceniza.