La tiranía de ser papá o mamá, es que, si uno hace bien su chamba, con el tiempo dejamos de ser necesarios. Así debe de ser, porque se supone que la tarea de maternar o paternar, es formar personas que con el tiempo sean perfectamente funcionales, íntegros y, por tanto, que no dependan de quien les dio vida y los educó. No me malentienda, lectora, lector querido; esto no significa que dejemos de querer o necesitar hablar con nuestros papás, o sentirnos consentidos, queridos y escuchados por ellos, sino que la relación inicial, que comienza necesariamente como una codependencia, se debe de ir diluyendo hasta transformarse en una relación de iguales: es decir, personas que puedan por sí mismas, hacer todas las funciones propias de un adulto y que, por propia voluntad, deseen estar juntas.
Sin embargo, para llegar a esto, se debe iniciar desde temprano, enseñando las tareas adecuadas a cada edad y así, ir entrenando para la vida. Las pequeñas tareas, esas que inician con enseñar a tender la cama, lavar platos y luego asignar otro tipo de obligaciones y entrenar en habilidades básicas como cocinar o lavar o planchar, van forjando a ese chavito o chavita para que mañana no sea un adulto disfuncional, dependiente de otros. La tarea incluye también entrenarlos en la soledad: saber que no siempre el adulto de a lado hará todo por ellos. Dejarlos ir a esos campamentos escolares donde van a perder la pareja del calcetín o los calzones para que aprendan a cuidar sus cosa; dejar que se vayan por donde uno les dijo que no fueran para que se raspen las rodillas y entiendan el por qué de la negativa. Implica también dejar que se aburran para que ellos solitos sean los que se inventen qué hacer y que entiendan que la vida no va a darles todo peladito y en la boca. Envuelve también dejar que la rieguen para que la experiencia les enseñe a ser creativos para solucionar sus propios problemas.
La cosa es que como no hay manual, los padres también la regamos frecuentemente. La verdad, uno hace lo mejor que puede, con lo que tiene. Es encomendarse como me enseñó mi mamá y decir “Señor, aquí va tu bestia” y esperar que todo salga lo mejor posible, a sabiendas de que no hay garantía.
Supongo que tener a los hijos pegados ha de tener sus recompensas: no hay que separarse, uno se siente necesitado, de perdido, para que tengan ropa limpia. Empollar hijos ha de ser cómodamente bonito. Dejarlos ir es un cuento completamente distinto: duele. Vil y llanamente, duele. Sin embargo, hay una dulzura profunda, una belleza caótica, inexplicable. Es alegría insondable.
Hoy Marcos y yo estamos, parafraseando a Benedetti, jodidos pero radiantes. Y Patricio y Gonzalo, haciendo aquello para lo que los educamos: volar.