Con la novedad de que el PRI no avanza rumbo al primero de julio. Su candidato presidencial sigue estancado y la desesperación se nota en la estrategia de campaña. Apelar al voto del miedo es una manifestación clara de que no hay forma de convencer, por las buenas, a una mayoría de la población que no quiere otro sexenio de promesas incumplidas y, sobre todo, de un ejercicio del poder público plagado de corrupción, impunidad y violencia sistemática propiciada por un Estado que, por acción u omisión, se ha vuelto fallido y delincuencial, incluso hasta para sectores del propio capital que no ve garantizados sus intereses sin pagar un alto costo social. De allí que tampoco sorprenda que reconocidas agencias calificadoras de inversión o poderosos grupos financieros del exterior llamen a la calma ante un eventual triunfo de López Obrador.
En este contexto, el promocional donde José Antonio Meade pide que se confíe en él para no tener miedo… es de dar miedo. Ya se sabe que hay que leer entre líneas lo que se desgrana en la cultura política priísta porque, cuando se dice una cosa más bien significa otra o, por lo menos, todo lo contrario. Así, por ejemplo, el “gasolinazo” fue precedido del presunto beneficio que nos traería la mentada reforma energética. Ahora, cuando ya no resultan las mentiras tantas veces propaladas porque se toman de quien vienen, los publicistas del PRI regresan a las andadas. Asustan con el voto del miedo porque, ciertamente, hay antecedentes que muestran el poder de inhibición que tiene la represión del sufragio libre. Amagar con retirar apoyos institucionales o amenazar con la inestabilidad social si triunfa el adversario, son algunos casos en los que se impone ese tipo de perversión del voto.
Pero al asustar con el voto del miedo, los priístas hablan más de sí mismos que de los adversarios, porque se muestran temerosos de perder la elección presidencial, sobre todo si cada vez más se afianzan en un tercer lugar que los dejaría por anticipado en la lona, sin posibilidades de siquiera servir de bisagra a un proyecto adicional. Y el temor tiene que ver con la inminente pérdida de esa cultura política que descansa en el uso patrimonial de una institución presidencial que, como vértice jerárquico de todo el poder, expande sus “bondades” en el conjunto del sistema político; “bondades” que, sabido y experimentado está, se corresponden con privilegios indebidos que, de arriba abajo, se practican con grosera impunidad. Sin embargo, las cosas no son como antes porque las redes sociales han propiciado una mayor capacidad de respuesta organizada de la población frente a ese tipo de amago constante.
Para no variar, resulta que otro de los candidatos priístas relevantes, como lo es quien pretende la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, un tal Mikel Arriola, se presenta como más “radical” en esa cruzada priísta por exorcizar el miedo y, de plano, advirtiendo que: “de ganar la elección, en el primer día de su gestión, realizará con las fuerzas armadas un gran operativo en las delegaciones Tlalpan, Xochimilco, Tláhuac y Coyoacán” (en “La Jornada”, 15 de abril de 2018). O séase, llegando y, literalmente, “abriendo fuego”. Pero cuando se le hizo la observación de que la nueva Constitución Política de la Ciudad de México no contempla ese tipo de participación de la milicia en materia de seguridad y persecución del delito, según la crónica periodística que dio cuenta de la amenaza del candidato, éste ni se inmutó y todavía afirmó que “emitiría un decreto de emergencia”.
El anterior botón muestra con claridad las cosas. Ante el estancamiento de su candidato presidencial, los priístas proponen ideas que resultan contraproducentes para el propio Meade y, peor tantito, descabelladas como propuestas de otros compañeros de ese viaje como el tal Mikel Arreola. Pedirle a la gente que confíe en ellos como para no tener miedo es como para dar más miedo (o pitorreo, según se vea con humor algo tan serio). Y de que la cosa es seria, por supuesto que lo es; recuérdese que sigue pendiendo sobre el país una ley de seguridad interior harto controvertida que, suponemos (sin conceder), serviría para contrarrestar el miedo que, en efecto, se respira en todo México por la inseguridad reinante, pero que podría ser agravante del mal a combatir si no se observan los numerosos diablos del detalle.
Y uno de esos detalles está en que para no tener miedo no basta con ofrecer confiar en alguien, si es que, por lo demás, “gana las elecciones”; se requiere confiar, por así decirlo, en “algo”, y ese algo es un verdadero Estado de Derecho que, hoy, está en entredicho por el abuso de quienes detentan el poder y no parecen convencidos de cambiar el rumbo, como ese candidato de marras que, muy ufano, insiste en que pasará por encima de cualquier otro poder en su reino, porque “para eso se es jefe de Gobierno”. Ajá.