Esta columna se publica en martes en razón de que el pasado domingo se celebraron elecciones en nuestro país, siendo las más grandes en cuanto al número de candidatos, al igual que las más esperadas en razón de su profundo significado para el futuro de México.
Conforme cifras oficiales del Instituto Nacional Electoral, la participación ciudadana fue del sesenta por ciento, menor que en dos mil dieciocho que fue de sesenta y tres por ciento.
Se había dicho, sin rigor metodológico alguno, que si salía más gente a votar que en las elecciones presidenciales anteriores, seguramente el triunfo favorecería a Xóchitl Gálvez. Lo cierto es que esta afirmación carecía absolutamente de fundamento.
Es claro que hay un sector importante de la población electora a quien no le importa lo que suceda en nuestro país. Sin embargo, su abstención se suma, por consentimiento tácito a lo que pase en las urnas.
De quienes sí fuimos a emitir nuestro sufragio, una abrumadora mayoría decidió respaldar el proyecto del señor López y elegir la continuidad; pero no solo eso: le entregó a Claudia Sheinbaum las llaves del reino legislativo con mayoría calificada en la Cámara de Diputados (si no pasa alguna cosa inédita de aquí a la declaración formal del triunfo y asignación de plurinominales) y dejó a dos o tres sitiales la misma situación en la Cámara de Senadores (donde con poco tienen para cambiar de bando).
En una democracia, esa es la voz que manda, la del pueblo que vota. Así lo reconoce el artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos al señalar que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, que todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste, teniendo el pueblo en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.
El pueblo decidió dar un salto al pasado. Tomó la determinación de regresar a los años del Partido hegemónico con el control pleno del Poder Legislativo. Estamos de nuevo en los sesentas, con todo lo que eso conlleve.
Sin embargo, debo señalar que esta decisión es incuestionable.
¿Se vendieron los votos a cambio de becas, pensiones y programas asistenciales? Tal vez, pero eso solo significa que para un amplio sector de la población su decisión tiene un precio; puestos en la balanza, el precio venció.
¿Fue una elección de Estado, en la que intervino activamente el señor López desde Palacio Nacional descalificando a los adversarios de su corcholata designada y poniendo todo el aparato gubernamental al servicio del resultado que favorece su proyecto? Sin duda, pero significa que las libertades, los contrapesos y el respeto al Estado de Derecho le importó poco al electorado, en aras de preferir las canonjías, los obsequios y ¿por qué no? las amenazas desde el Poder.
Sin embargo, el pueblo es libre de decidir su futuro, sus tragedias. La soberanía es de tal forma plena y absoluta que permite que se asuma la dictadura por voluntad popular. Democrática, pero dictadura al fin.
Se votó por un modelo de Estado diferente; se prefiere una economía controlada, con amplia intervención del Estado en la esfera de derechos de los particulares y con una estructura de Poder vertical y no deliberativa.
Vendrán reformas constitucionales, de esas que luego son inatacables, por lo menos en el ámbito nacional, para erosionar al Poder Judicial y a los órganos constitucionales autónomos (incluso desaparecerlos); habrá serias restricciones a los derechos individuales y, por supuesto y a menos que la señora Sheinbaum diga otra cosa, el territorio nacional se seguirá entregando a la delincuencia.
Pero eso fue lo que decidió el pueblo, de manera irreversible e irrefutable. Lo decidió democráticamente.
Cierro con una frase de Thomas Jefferson: “La democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%”
P.D. Sobre la oposición, no existe, ni caso tiene decir nada.
@jchessal