Y dale con el populismo

Quién sabe si aún exista en la capital potosina una cantina denominada “club de hombres ricos de negocios pobres”, pero me acordé del curioso dato para dimensionar el asunto del mentado “populismo” con el que, ahora, vuelve a la carga un grupo de potentados que temen perder sus privilegios de tanto tiempo usufructuados. Ante un inminente triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y la debacle anticipada del candidato “oficial” José Antonio Meade, ciertos barones del dinero se han dado a la tarea de tratar de convencer a los “indecisos” de que AMLO representa un populismo “pernicioso” para el país y proceden a difundir la especie de que es dable equipararlo con personajes que, consideran, han sido “malos”, “muy malos”, “re-que-te-malos”, como gobernantes en algunos países de América Latina.

En primera instancia, lo que mueve a esos personajes que, en efecto, encarnan con descaro la “mafia del poder”, es el temor a quedar como “hombres ricos de negocios pobres”; esto es, que ya no podrían seguir haciendo de las suyas con el patrimonio nacional, moviendo a su antojo los hilos del poder político para el beneficio económico de unos cuantos (el famoso “capitalismo de cuates”) y eso, más que populismo, es simple y llanamente, democratizar la política económica para “evitar que a México se le siga viendo como una piñata”, a la que se le pueden dar de palos, impunemente, no sólo por parte de gobiernos extranjeros (como ha planteado AMLO ante las bravatas de Donald Trump), sino por parte de los “traidores a la patria” de siempre.

Para no hacerse bolas, diría Carlos Salinas de Gortari, podríamos hacernos de una idea simple de lo que implica el populismo. Así, parece útil el señalamiento de Joseph Stiglitz, premio nobel de economía 2001, al respecto. Para él, populismo es, llanamente, el ofrecimiento de promesas que no se pueden cumplir, sea porque no hay voluntad política para hacerlo, sea porque son de complicada o imposible realización, sea porque se trata de mera demagogia. Para confirmar su apreciación, nada mejor que referirse al caso del propio presidente gringo, quien llegó a la Casa Blanca, “aprovechándose de los temores y el enojo de buena parte de la población estadounidense, así como culpando a otros, sobre todo a ciertos extranjeros” (entrevista en “El Universal”, 26 de junio de 2017).

Por tanto, cuando se habla de “populismo”, por parte de los adversarios de AMLO, sobre todo de los dirigentes y candidatos de otros partidos políticos, lo primero que habría que recordar es que ellos ya fueron gobierno y ofrecieron lo que no podían cumplir, llegando a extremos francamente risibles (o dramáticos, según sea), como el de Fox que planteaba resolver el problema de Chiapas en 15 minutos, Calderón con el empleo y la inseguridad, o Peña con bajar precios de servicios y terminar recetándonos el “gasolinazo”, gracias a sus reformas estructurales. Por el contrario, la administración de la cosa pública se convirtió en brutal saqueo y los escándalos de los “precisos”, sus consortes, allegados y demás compinches han sido el sello típico de un estilo común de gobernar que descansa en el cinismo, la impudicia y la convicción plena de que estamos “en el país de no pasa nada”.

Y ni ocurrencia de precisar que los orígenes del populismo, tal como se conoce en el ámbito teórico, se remontan a los rusos campesinos de la segunda mitad del siglo XIX porque igual y de allí se agarran, otra vez, para sacar la cantaleta de... “allí vienen los rusos”. Sin ahondar en ello, toda vez que la discusión sobre el populismo es amplia, podríamos quedarnos con lo que, por ejemplo, plantea un clásico como Ernesto Laclau cuando define el populismo como una manera de “construir lo político”, en el sentido de impulsar un sujeto de acción colectiva como el “pueblo”, capaz de reconfigurar un orden social tenido como injusto, que puede adoptar formas distintas, sin que necesariamente tenga que traducirse en una ideología o un régimen político.

En la coyuntura actual mexicana, ya se ha comentado aquí antes, se trata de un momento histórico en el que el pueblo tiene una inmejorable oportunidad, como sujeto colectivo en el que caben distintas clases y actores socio-políticos que convergen en la posibilidad de un cambio motivado por el hartazgo del estado de cosas prevaleciente que deriva del incumplimiento reiterado de lo que se ha ofrecido durante tanto tiempo, sobretodo justicia y bienestar, y en seguida, por la esperanza de que, ciertamente, la situación pueda ser distinta o, por lo menos, no más complicada de lo que ya está. De allí a la desesperación con la que ya se mueven quienes sienten que se les va el poder no hay mucho trecho, y por eso la furibunda reacción para tratar de desvirtuar un movimiento social que tiene todas las posibilidades de consumar la democratización y regeneración de la vida pública nacional.