Y entonces, llegó el pato

Si algo nos ha enseñado la historia —y la bendita terquedad de vivir en comunidad— es que las sociedades somos expertas en planificar el futuro para terminar rindiéndonos ante lo completamente absurdo. Nos encanta colgarle pinceladas de solemnidad a la existencia; diseñamos planes de desarrollo, estrategias geopolíticas y millonarias campañas de marketing destinadas a decirnos qué debemos consumir, cómo debemos pensar y, sobre todo, qué nos debe emocionar.

Y entonces, llega un pato. No un águila majestuosa, no un jaguar imponente, ni una de esas botargas hiper diseñadas por un comité de expertos en Zúrich que costó más millones de los que cualquier mortal verá en su vida. No. Un pato llamado Merlín. Un animalito que, sin proponérselo —porque dudo mucho que en su psique aviar exista la menor noción de lo que es un fuera de lugar o una tanda de penales—, se ha convertido en el rey absoluto, la mascota no oficial y el alma indiscutible de este Mundial de Futbol 2026.

La alta planeación propone, pero la improbabilidad dispone. Y vaya manera de disponer.

Es fascinante ver cómo el actuar de una sociedad se va determinando por carambolas de tres bandas. Nos creemos seres hiper racionales, pero nos mueve el azar. Buscamos desesperadamente un punto de fuga a la realidad y, a veces, el inconsciente colectivo decide que ese refugio es un ave que camina chistoso cerca de una cancha de futbol. Hay una especie de justicia poética en el hecho de que, en la era de la inteligencia artificial, los algoritmos predictivos y el control absoluto de la narrativa mediática, el fenómeno global del año sea un accidente de la naturaleza con plumas.

Esto no es nuevo, pero no deja de ser un recordatorio de nuestra maravillosa imperfección. Funcionamos a base de improbabilidades. San Luis Potosí lo sabe bien; cuántas veces los grandes cambios de nuestra huasteca o de la capital no nacieron de un plan maestro, sino de una coincidencia, de un personaje inesperado que pasaba por ahí o de un malentendido que terminó volviéndose tradición.

Al final, el fenómeno de Merlín nos desnuda como sociedad. Nos dice que, por más tecnología y frialdad con la que intenten empaquetar el mundo, seguimos siendo irremediablemente predecibles en nuestra necesidad de ternura, de espontaneidad y de caos. Nos urge lo auténtico, aunque venga en dos patas y haga cuac.

Mientras los directivos de la FIFA se jalan los cabellos viendo cómo su mercancía oficial junta polvo en las repisas mientras el mundo entero busca un peluche de un pato, el resto de nosotros podemos sonreír. La sociedad se mueve por hilos invisibles, sí, pero qué bueno saber que esos hilos, de vez en cuando, los maneja el azar más puro. Que ruede el balón y que gobierne la improbabilidad. Al menos este mes, el mundo le pertenece a Merlín. Nosotros solo vivimos en él.