Los que somos profes sabemos lo agotador que resulta para todos dar un curso intersemestral. Aun así, sigo encontrando en esas intensas semanas el aliciente necesario para recordar por qué doy clases; aunque los últimos dos años a treinta grados de temperatura, la pregunta tiene una doble connotación.
Este semestre el curso de verano fueron casi tres semanas seguidas, con clases de cinco horas corridas por las tardes. Se oye sencillo, pero créanme, no es tanto. Por parte del alumnado requiere un compromiso serio para tomar tanta clase sin morir en el intento, y por parte de los profes, andar haciendo circo, maroma y teatro para que el público no se te quede dormido.
Este año finalmente fui consciente de todo lo que ha cambiado mi audiencia. De entrada, ahora sí ya podría ser mamá de mis alumnos. De hecho, ya tuve entre ellos a hijos e hijas de gente de mi generación. Eso no me preocupa en lo más mínimo: vivo con dos escuincles que crecen sin piedad, haciéndonos ver a su padre y a mí, que ya no somos ningunos jovencitos.
Hacía mucho calor y los salones a esa hora se convierten en pequeños hornitos. Así que vi a mi público y estaban sentados en sus lugares vistiendo shorts, bermudas, faldas cortas, playeras y blusas de tirante. Calzaban huaraches o sandalias mientras varios de ellos tomaban algún tipo de bebida con hielos. Y así estábamos todos, tan a gusto como lo permitían los dos ventiladores de techo y las cuatro ventanas abiertas.
Fue entonces, como si fuera golpe de calor, que me vino un recuerdo justo en ese salón. Debió de haber sido 1995 o 1996 y yo estaba a mitad de la carrera. El salón estaba atascado de gente. Faltaban un par de semanas para salir de vacaciones de verano y aquello olía a humanidad concentrada a pesar de tener todo ventilado. El profesor entró y nos dirigió una rápida mirada. En eso, pidió a que se pararan de sus lugares a dos compañeros. Ella vestía un short de tela color beige y una blusa de gasa. Él llevaba unos pantalones de tela ligera, lino o algodón quizá, con una camisa con motivos floreados. Ella calzaba sandalias tipo griego, con cordones atados en la pantorrilla y él unos huaraches de cuero color café. El profesor entonces comenzó a darnos un sermón sobre cómo debían y no debían de ser los abogados, empezando con su vestimenta y los puso a ambos como ejemplo de lo que, en su concepto, resultaba una grosería para la profesión. Por varios minutos se dedicó a describir lo “inapropiado” del vestuario de mis compañeros, lo “indigno” que se veían, lo “provocativo” del vestuario de la chica, lo “naco” del calzado de mi compañero. Luego, los sacó del salón.
A veces queremos caer en la tentación de decir que nada ha cambiado en ciertos espacios, cuando viendo de cerca y con conciencia, nada es lo que era. Agradezco haber terminado en curso sin nadie desmayado, ni con golpe de calor, ni deshidratado y creo que en parte fue porque andaban a gusto con su ropa, ventilados y sin que nadie les pensara menos nada más por como visten. Luego, me di cuenta de que yo misma vestía unos pescadores de mezclilla y un huipil de Pantelhó, Chiapas; es decir, nada que ver con el outfit abogadil. Si acaso, encajaba perfectamente en el uniforme oficial de las Ciencias Sociales. Por un momento sentí que el espíritu de mi maestro me iba a correr de su escritorio. Ni modo, profe: todos cambiamos, y eso, es bueno.