Y vendrán más consultas

Y habrá que acostumbrarse a la democracia participativa, señala el gobierno electo. El ejercicio, en sí mismo, es alentador porque inaugura una nueva etapa en la relación Estado-Sociedad, caracterizada por la necesaria consulta popular de los temas trascendentes para el país. Antes no se hizo con el tema de la reforma energética, por ejemplo, y hasta priístas y panistas que hoy se rasgan las vestiduras promovieron sus consultas nomás para mosquear la energética, llegando el asunto hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación para terminar echando abajo todas, en un pretendido acto de equilibrio con fuerte tufo a malabarismo. Para fortalecer y arraigar lo que apunta será costumbre (y la costumbre se hace ley), el presidente electo ha ofrecido que se promoverá una reforma constitucional en el articulado relativo a la consulta ciudadana, para que la ciudadanía sea el agente socio-político privilegiado que convoque a consulta cuando sea necesario.

Decimos que el ejercicio es en sí mismo alentador porque rompe con la otra (mala) costumbre de que sea una minoría rapaz la que decida qué hacer con la economía nacional, subordinando al Estado mexicano a sus designios dinerarios y de negocios, actualizando aquélla famosa definición de don Pablo González Casanova del Estado como “el poder de disponer de la economía”. O bien, parafraseando el título de una de las obras clásicas de Marx y Engels, “La sagrada familia”, pareciera que “la sagrada familia prianista”, ya no tendrá más la posibilidad de comportarse como la portadora de los grandes cambios en la historia de nuestro país porque la sociedad empezará a ocupar el lugar que le corresponde. Además, como ya se planteaba en esa obra de mediados del siglo XIX, se debe cuestionar que el Estado sea “mantenido en cohesión por la vida burguesa” y no sea “el instrumento cohesionador de la vida burguesa”, pero no idealmente, sino en la realidad concreta.

En cierto modo, ese es el acierto de la consulta sobre el NAIM: dejar en claro, como se dice coloquialmente, “de qué lado masca(rá) la iguana”; esto es, que el Estado mexicano no deberá ser más instrumento dócil al servicio de los intereses de una minoría, sino el articulador de todos los intereses de la sociedad mexicana, incluyendo los de la burguesía, pero de manera razonable, concreta y no sólo discursiva y demagógica -como antes lo han hecho los últimos gobiernos prianistas-. ¿Por qué habría de seguir monopolizado por los partidos y una minoría organizada (clase política) un derecho que debería ser ejercido por la sociedad mexicana? Se ha objetado en estos días que el artículo 35 constitucional, fracción VIII, contempla que los ciudadanos puedan hacerlo… ¿y? ¿Por qué no se pudo entonces consultar al pueblo en el caso de la reforma energética? Pues por la sencilla razón de que a esa minoría de la que hablamos no le convenía.

Para rescatar de la inocuidad el recurso legal contemplado para la consulta ciudadana, AMLO ha planteado que impulsará una reforma que suprima los candados que hacen de difícil operación la consulta por parte de los ciudadanos. Parece pertinente el anuncio porque, como ya lo señalamos, cuando se quiso consultar al pueblo mexicano sobre el tema petrolero siguiendo los lineamientos establecidos en el 35 constitucional, fracción VIII, salieron nuestras autoridades con aquello de que “a Chuchita la bolsearon”, alegando que no se cumplían los extremos legales del artículo en cuestión y terminando por dejar que fuera otra minoría (ministros de la tremenda Corte) los que resolvieran sobre el ejercicio de un derecho a opinar, de manera vinculante, sobre un tema trascendental como, indudablemente, lo es el energético. En fin, la consulta sobre el NAIM ya se realizó y participaron quienes quisieron hacerlo… y los que no, pues no.

Y como se vale sobar, los personeros de negociantes ávidos de lucrar con los bienes comunes de la nación mexicana se lanzan a descalificar los resultados, no tanto porque sean de súbito demócratas consumados, sino porque ya no podrán seguir hinchándose los bolsillos con tanto dinero público derrochado. Además, el riesgo más grave proviene de sus propios chantajes de eventual retiro de inversiones, cuando es sabido que el margen de pérdida es mínimo comparado con la brutal ganancia que les deja, incluso, la misma especulación. Véase nomás, como botón de muestra, lo que ha planteado la banca suiza en el contexto de la consulta del NAIM: “el fin de la luna de miel con la iniciativa privada”. ¿Y cuando hubo luna de miel? Lo que se dio fue un repliegue, suponemos que táctico, de una parte (la tóxica) de la élite empresarial mexicana, ante el inminente triunfo electoral de AMLO, ya que antes apostaron todo a la derrota del tabasqueño. Y como “no hay borracho que coma lumbre”, pues era de esperarse que así reaccionaran: con gritos y sombrerazos por la cruda experimentada.