Francamente, esta tecnología actual en comunicaciones, bien pude ser, al mismo tiempo, bendición o maldición. En estos días estaba caminando viendo la pantalla del celular. Estaban llegándome ciertos mensajes urgentes y por andar metida en el teléfono, no me di cuenta de que había frente a mí un pequeño escalón que casi me hizo tropezar; pero al dar el traspié, me detuvo el brazo salvador de un adulto mayor, empleado del lugar a donde iba a entrar. El señor, amabilísimo, me preguntó si me encontraba bien, a lo que respondí afirmativamente y le di las gracias: -“Esas cosas son una maravilla, pero ¡viera la cantidad de gente que se cae, nomás por estarlas viendo!-“ Yo me sentí estupidísima, porque cualquier cosa que fuera, por más urgente que sea, puede complicarse si uno no se cuida y se rompe un pie o de perdida, se da un rodillazo. “-Tiene razón-“, le dije.
Me justifiqué contándole que generalmente procuro caminar con el teléfono en la bolsa, pero que ahora, la urgencia me había ganado. “-Deje usted la prisa, la chiva esa, nos absorbe como si no hubiera nada que ver alrededor, cuando uno puede perderse hasta al amor de su vida.-“ A mí me cayó en gracia el comentario y algo me dijo que tenía jiribilla, así que, metichota como soy, le pregunté si había por ahí alguna historia amorosa que contar. “-Sí, cómo no.-“ Y se arrancó: “-Cuando yo era un chamaquito, mi mamá me mandaba a comprar el pan. Era una panadería ahí por el centro, que ya cerró porque pareciera que ya nadie vive por ahí y que hubiera puros comercios y oficinas. La cosa es que iba por allá diario y de tanto ir, me empecé a hacer amigo de la jovencita que cobraba, que estaba más o menos como de mi edad. Yo creo que si hubiera tenido la chiva esa, hubiera estado como los muchachos de ahora, metido en los audífonos, sin decir ni buenas noches. La niña y yo comenzamos por saludarnos, luego por pláticas corteses sobre el clima, o la escuela, hasta que nos hicimos de confianzas. El papá de ella, un señorón de los de antes, acostumbraba ir a recogerla al salir del trabajo y se me quedaba viendo, así como tanteándome. Yo nomás le decía, aunque ni me preguntara ´Yo solo vine por el pan´y el señor se reía conmigo. Nunca me dijo nada. Y bueno, pues me enamoré de la chamacha. Era linda, dulce como los panes, trabajadora. Así, pues le tuve que decir al papá un día, que ya no iba nomás por el pan. Le dio mucha risa, y me dijo ´Lo sabía´, así, de pocas palabras, como era mi suegro. Fuimos muy felices por 37 años, hasta que ella se me adelantó, por el cáncer.”
Walter Benjamin escribió en El Narrador, que “la cotización de la experiencia ha caído y parece seguir cayendo libremente al vacío.” Así, “la facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias”. Era a penas 1936 y Benjamin ya notaba lo que hoy vemos a diario: “Ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Y es que el arte de narrar radica, precisamente, en referir una historia libre de explicaciones.”
La historia de ese hombre, mi salvador, me dio una tregua a los posts, a los whatsapps, a todo aquello que en redes sociales se escupe como si realmente fuera importante. Notas que no son notas. A las fake news, a los devaneos incontrolables.
Benjamin, tenía razón, la información sólo cobra su recompensa en el instante que es nueva; en cambio, la narración no se agota. Bien vale la pena salir de la pantalla y escuchar las narraciones. Ahí está la verdadera vida, en ese lugar donde vale la pena decir “Yo solo vine por el pan.”